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Hay que insistir en la austeridad como elemento vital para progresar de veras

El esquema gubernamental en funciones se halla atrapado por sus propias incongruencias. Negarse a activar la austeridad es una de ellas. No se puede seguir en el descontrol financiero, porque eso además promueve todos los otros descontroles. Independientemente de cuál sea la línea de gobierno, hay que hacer valer en todo caso la eficiencia responsable.
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Cuando la situación de las finanzas públicas llega a un punto de crisis, como se ha visto en los tiempos recientes con dramática frecuencia, aparte de todos los forcejeos políticos que tal situación trae consigo, los reclamos de orden y de austeridad vuelven a circular con fuerza en el ambiente. Pero la práctica tan reiterada de dejar estar las cosas cuando pasa el estruendo se impone con puntualidad indeseable, haciendo que ninguna acción reparadora pueda desplegarse en forma sistemática.

Aunque elementos como la reforma del esquema previsional han venido a aliviar los ahogos financieros en el área gubernamental, la verdad es que las finanzas públicas permanecen expuestas a las amenazas latentes, y eso podría intensificarse con los nuevos balances de poder en el ámbito legislativo y con las expectativas abiertas por la elección presidencial que se avecina, si la sensatez no rige las conductas de todos en este momento tan especial. En cualquier caso, la compleja y espinosa temática del manejo de los ingresos y de los gastos merecería un estudio y una proyección que sean verdaderamente realistas y que se muevan por encima de las fronteras partidarias.

Hay que tener presente que la austeridad no se limita a administrar ingresos y a controlar gastos con la prudencia y la responsabilidad pertinentes. La práctica austera debe asumirse, en primer término, como un compromiso de orden y de disciplina, que por la misma naturaleza de las cosas tendría que respetarse siempre y en cualquier circunstancia. No se trata de que sea una respuesta salvadora que surja sólo cuando la crisis está encima, ya que lo normal es que la disciplina y el orden se hallen presentes siempre, justamente para evitar que las crisis aparezcan. Esto lo tenemos que reconocer así los salvadoreños, que hemos venido sufriendo trastornos sucesivos por no acatar las normas del comportamiento ajustado a la racionalidad elemental.

Con todo lo anterior queremos enfatizar el imperativo de generar nuevas condiciones de interacción política, sean cuales fueren las diferencias que haya entre las fuerzas nacionales, y muy en particular entre las fuerzas políticas, que se han venido rigiendo por una conflictividad que va más allá de lo que la democracia permite para mantenerse funcional.

La situación del país viene estando a merced de esa conflictividad que hasta la fecha se ha resistido a encontrar fórmulas de entendimiento constructivo que conduzcan al área de los consensos básicos, que son los que la realidad demanda con creciente urgencia. Si esto no se logra lo más pronto posible continuaremos enfrascados en promover la inviabilidad a costa de todo lo demás.

El esquema gubernamental en funciones se halla atrapado por sus propias incongruencias. Negarse a activar la austeridad es una de ellas. No se puede seguir en el descontrol financiero, porque eso además promueve todos los otros descontroles. Independientemente de cuál sea la línea de gobierno, hay que hacer valer en todo caso la eficiencia responsable.

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