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Hay que medir con anticipación las consecuencias de las acciones gubernamentales

Le corresponde al Gobierno potenciar la certidumbre y asegurar la predictibilidad. Y dicha tarea debe compartirla con las distintas fuerzas políticas, económicas y sociales.
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Una de las prácticas de buen gobierno, en cualquier tiempo y lugar, consiste en hacer los debidos cálculos anticipados de las diversas decisiones y medidas que se tomen desde las distintas instancias del poder público. Esto requiere que nada quede regido por la improvisación y que nadie pueda imponer impulsos del momento cuando se trata de cuestiones que tengan alguna incidencia en el quehacer nacional o en la cotidianidad ciudadana. Hay emergencias, desde luego, pero éstas siempre son situaciones de excepción. Aquí nos referimos al accionar normal, en el que puede y debe operar la previsibilidad.

Un asunto que está muy vivo en estos días es el problema suscitado en el transporte regional de carga por la exigencia del pago para el FONAT en las fronteras terrestres salvadoreñas. Una medida unilateral de ese tipo, que eleva costos y dificulta accesos, era perfectamente previsible que generara las reacciones que están a la vista, y que incluso conllevan la amenaza de aislamiento comercial para el país. Todo esto pudiera haber sino evitado de manera espontánea si hubiese habido el tratamiento multilateral que se requiere en casos como éste. ¿Cómo es posible que se quiera seguir actuando dentro del arbitrio unilateral cuando se trata de temas que tienen evidente índole interregional? Ahora, quiérase o no, tendrán que venir las correcciones de aquello que, sin ninguna justificación, se decidió a la ligera.

En un ámbito más amplio, es imposible entender cómo no hay aún en el sector público una conciencia debidamente asumida de lo que puede ocurrir en el país si se continúa con el ritmo de endeudamiento que se tiene desde hace bastante tiempo. El actual Gobierno no fue el que inició dicho ritmo a todas luces riesgoso para la estabilidad presente y futura del país, pero se ha sumado a él. Y este es el punto que más debe mover a reflexión: si continuamos endeudándonos así como vamos, la próxima Administración ejecutiva, independientemente de quién la conduzca, estará con el agua al cuello en lo que al aspecto financiero se refiere. Todos los partidos y sus candidatos deben reconocer que, en lo que toca a este punto tan candente, las estrategias que hay que impulsar están más allá de las respectivas concepciones ideológicas y de los intereses partidarios: si no se mueve la economía hacia el vigoroso despegue exportador y si la disciplina gubernamental no impera en el manejo de las finanzas, no habrá nadie que se salve.

Se ha venido hablando de manera recurrente sobre la necesidad de que se genere confianza, se propicie certidumbre, se avance hacia los entendimientos intersectoriales y prevalezcan las visiones creativas hacia adelante. Todo eso, desde luego, es imprescindible; pero en ningún momento hay que olvidar que en la base están las actitudes. El barco nacional no puede cumplir su hoja de ruta hacia el desarrollo modernizador si hay dentro de él varias tripulaciones constantemente enfrentadas. No se trata de negociar la paz entre ellas, porque no estamos en guerra: se trata de ordenar las responsabilidades de cada quien en función del objetivo país.

El Gobierno, en todas sus instancias, es el llamado a dar el ejemplo en esta línea. Le corresponde al Gobierno potenciar la certidumbre y asegurar la predictibilidad. Y dicha tarea debe compartirla con las distintas fuerzas políticas, económicas y sociales. Como es exigible en todas partes, el Gobierno debe comportarse como un buen padre de familia, que predica con el ejemplo.

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  • FONAT
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