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Hay que modernizar los enfoques, desactivar los prejuicios y dejar de oponerse a los consensos

Si los datos reales no se recogen con la precisión y la fidelidad debidas, se va entrando en despiste generalizado, que es lo que tenemos ahora en el país. Y como esto se ha vuelto crónico, hasta los absurdos más notorios y desorientadores van ganando carta de ciudadanía. 

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Cuando se echa una mirada con intención analítica sobre lo que está pasando en el país en todos los campos y en todos los órdenes, lo primero que salta a la vista es la escasez de planteamientos abarcadores del fenómeno nacional en su integridad y la insuficiencia de las perspectivas que se toman en cuenta para ello. En realidad, estamos abocados al imperativo de entrar en un rumbo distinto, que no sólo haga posible la rectificación de errores que ya se convirtieron en vicios arraigados sino que permita aglutinar visiones renovadoras para que el país pueda dirigirse hacia un futuro realmente promisorio. A esto aspira la ciudadanía con todo derecho, y de seguro no descansará hasta lograrlo.

Hablamos de modernizar los enfoques, lo cual significa que ya no se justifica ninguna inercia frente a los reclamos de la realidad, que se viene complicando no sólo por la densidad de los problemas pendientes sino sobre todo por la miopía que se ha vuelto endémica en la llamada clase política. Si los datos reales no se recogen con la precisión y la fidelidad debidas, se va entrando en despiste generalizado, que es lo que tenemos ahora en el país. Y como esto se ha vuelto crónico, hasta los absurdos más notorios y desorientadores van ganando carta de ciudadanía. Se tiene, pues, que reenfocar todo lo que está pasando en el ambiente, para así reconocer los hechos como son y aplicarles en consecuencia los tratamientos pertinentes.

Por consecuencia previsible de la forma en que se ha venido manifestando nuestra evolución democrática, desde los años en que la guerra interna se hacía sentir como la fuente principal de los desenvolvimientos futuros en el país, nuestra atmósfera política se halla aún muy contaminada de prejuicios ideológicos y de malentendidos institucionales. Para citar un ejemplo muy concreto, tenemos, en el plano de la activación económica que tanto se necesita en el ambiente, una resistencia tenaz por parte de la izquierda a impulsar asocios público-privados, lo cual mantiene al desarrollo en estado anémico permanente. Y en términos más amplios, el rechazo a generar incentivos para la inversión privada tanto interna como externa es una retranca que impide crecer en la forma que las circunstancias demandan.

Aunque nadie lo reconoce abiertamente, porque hacerlo sería ubicarse del lado de la ingobernabilidad, persisten las reticencias marcadas a la búsqueda y a la definición de consensos en temas claves. Esto constituye una autolimitación verdaderamente tramposa, que habría que remover lo más pronto posible, porque ya está comprobado de manera inequívoca que sólo los buenos y sanos entendimientos hacen factible que las dinámicas del desarrollo puedan avanzar en la medida y con la velocidad que se requieren.

En el fondo de lo que se trata es de vitalizar el ejercicio político en todas sus manifestaciones, para así lograr que las distintas energías nacionales puedan manifestarse no sólo abiertamente sino con toda su potencialidad innovadora y progresista. Hay que sacudirse las ataduras históricas, que por tanto tiempo se han hecho valer de manera regresiva. Es lo que la sociedad está reclamando con sus voces más claras y en los tonos más diversos.
 

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