Lo más visto

Hay que moverse en dirección hacia un país unificado por el concurso de todos

Para empezar, habría que poner en evidencia el hecho de que nuestra educación democrática es aún incipiente, y por ende los reflejos derivados de los desajustes y las conflictividades tradicionales se mantienen vivos en esta nueva época.
Enlace copiado
La Prensa Gráfica

La Prensa Gráfica

Enlace copiado

Durante los años anteriores, y más aún desde que se produjo la primera alternancia en el ejercicio del poder gubernamental de la posguerra en 2009, el forcejeo virulento de las posiciones partidarias no ha cesado de estar presente, y sin duda hay varios factores que inciden en ello. Para empezar, habría que poner en evidencia el hecho de que nuestra educación democrática es aún incipiente, y por ende los reflejos derivados de los desajustes y las conflictividades tradicionales se mantienen vivos en esta nueva época. Pero no sólo es eso: la legalidad no ha dejado de ser frágil y vulnerable, y el manejo de los intereses tanto políticos como socioeconómicos no acaba de ajustarse a los marcos de una convivencia respetuosa y de una institucionalidad respetable. Al ser todo esto así, la armonía espontánea se vuelve casi imposible.

Lo anterior significa que hay que construir bases de convivencia armoniosa tanto en el ámbito social como en el campo político; y esto requiere poner en primera línea el concepto de unidad nacional, que es absolutamente indispensable para poder pasar a los tratamientos efectivos de los problemas nacionales, y en especial de aquellos que son los más complejos y determinantes. Como hemos venido señalando con la constancia debida, no basta con unificar criterios sobre temas específicos de la agenda nacional: hay que enfocar toda la problemática desde el fondo de la misma, haciéndolo en forma interactiva, por encima de las diferencias que tengan entre sí los distintos actores nacionales.

Se tiene que volver entonces al punto de partida insoslayable: la unificación de esfuerzos para enfilarse hacia las soluciones. Esto demanda un método eficaz, que sea aceptado e impulsado por todos. Venimos viendo sucesivos intentos de generar diálogos que conduzcan a entendimientos; pero lo que se tiene como experiencia reiterada es que tales intentos nacen con posibilidades casi inexistentes de prosperar en los hechos. Y eso es así porque no se traza una hoja de ruta metodológica que vaya avanzando en el orden apropiado. Lo que se produce entonces, una y otra vez, es la frustración por el repetido fracaso, con lo cual la atmósfera se sigue saturando de crispación y de incertidumbre.

Hay que ir por etapas: definir el método, establecer el orden de prioridades, construir la agenda, poner en la mesa a los que deben estar y trazar un calendario de ejecuciones progresivas. Si se consigue llenar todos estos requisitos con la claridad y el compromiso pertinentes, el trabajo desde su inicio estará auxiliado por el orden y la credibilidad, que es lo que no se ha tenido hasta la fecha. Y todo lo anterior debe estar rodeado por la seriedad y el respeto debidos.

Insistimos en el punto de partida: sin unidad nacional consistente y confiable todo lo que se pueda hacer resultará parcial e inseguro. Eso venimos teniéndolo comprobado de manera persistente, y los desperdicios irrecuperables que resultan de dicha falta se nos van acumulando con creciente poder obstructivo del progreso. Es hora más que sobrada de asumir el compromiso de la unidad de manera inequívoca, y los políticos tienen la primera palabra al respecto.

Confiamos en que los apremios ya inesquivables de la realidad puedan mover voluntades en la línea adecuada. Persistir en la dispersión confrontativa es autocondenarse a la ineficiencia, con todo lo que ella trae consigo.

Lee también

Comentarios