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Hay que ocuparse en serio de que la inversión pública se ejecute oportunamente para que eso contribuya de manera efectiva al crecimiento nacional

El país necesita una inversión pública inteligente y oportuna y también una inversión privada suficiente y visionaria. De la amalgama de estos dos elementos insustituibles depende en gran medida que podamos visualizar un futuro de amplio alcance.
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El Informe de la Unidad de Análisis y Seguimiento del Presupuesto Nacional correspondiente al primer semestre de 2015 presenta algunos datos muy reveladores tanto sobre la recaudación impositiva como sobre el comportamiento del Presupuesto de la Nación, así como en torno a la ejecución de la inversión pública durante dicho período. Tal información tendría que servir para varios propósitos, y uno de ellos es el conocimiento real de lo que está pasando en estas áreas tan vitales para entender el dinamismo financiero del Estado, que desde luego es una experiencia sucesiva y cambiante, pero en la que hay también signos reveladores de cómo se vienen haciendo las cosas en nuestro ambiente.

En lo que toca al tema específico de la inversión pública, los datos son preocupantes, y confirman la sensación de que se mantiene la ineficiencia crónica al respecto. La inversión pública total programada para este año es de 1,008.8 millones de dólares, y se tenía proyectada una ejecución real a junio de 480.6 millones; pero lo ejecutado hasta dicho mes sólo llega a 258.8 millones, es decir apenas un 53.8% de lo que se debió haber realizado. En algunos campos, la escasez de inversión se vuelve aún más dramática, como es el caso del área de Salud, cuyo programa anual de inversión es de 31.9 millones y hasta junio lo erogado estaba en un nivel bajísimo.

Es de destacar que la inversión pública es distinta al gasto corriente, en el que parece que hay una experticia de gran calado. Dicha inversión va destinada a crear condiciones físicas y humanas que permitan ampliar la capacidad del país para la prestación de servicios y la producción de bienes, y esto comprende la construcción y la renovación de la obra pública. Es decir, se trata de la inversión que hace posible mantener activas las posibilidades concretas de modernización en los distintos ámbitos estatales con directa irradiación hacia todos los otros ámbitos de la vida nacional. El que la inversión pública no avance con el ritmo debido y en las direcciones conducentes envía señales negativas y desestimulantes a todo el entorno, precisamente cuando más se está necesitando que haya impulsos convincentes de que el país se dinamiza hacia adelante con todas sus energías puestas en movimiento.

Como resulta notorio aun de un análisis somero de lo que está ocurriendo en nuestra realidad actual, lo que debe ir en la primera línea de la agenda de trabajo es asegurar ingresos suficientes de manera responsable, organizar el gasto en forma disciplinada y realizar a tiempo y de modo proactivo la inversión que las circunstancias vayan demandando. Ninguno de estos factores puede quedar a la deriva, porque entonces las distorsiones lo fracturan todo.

Hasta la fecha, el Estado ha sido el principal trastornador de su propia dinámica, y hacer la corrección debida demanda a la vez voluntad integradora y participación colaborativa. Subrayemos que la tarea de gobernar les corresponde a los que están en el Gobierno y a los que están en la oposición, cada quien con sus respectivas responsabilidades, que se hallan por encima de las trincheras artificiosas que se pretenda mantener vivas a contracorriente de los tiempos.

El país necesita una inversión pública inteligente y oportuna y también una inversión privada suficiente y visionaria. De la amalgama de estos dos elementos insustituibles depende en gran medida que podamos visualizar un futuro de amplio alcance.

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