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Hay que organizar las promesas electorales de modo que puedan convertirse en proyectos verdaderamente activables

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David Escobar Galindo - Columnista de  LA PRENSA GRÁFICA

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El punto clave es la credibilidad, que es lo que más ha fallado en esta contemporaneidad tan compleja, y por eso nos hallamos cada día más asediados por el descontento y por la frustración, como está perfectamente a la vista.

Pero aunque la política tiene en todas partes un componente emocional inevitable, hay que tener siempre presente que si la emotividad apasionada se sale de control eso puede derivar en consecuencias de altísimo riesgo. Hay, pues, que ir tomando medidas preventivas que se concretan fundamentalmente en atender las voces y las señales de la realidad, que es en definitiva la gestora de todo, como deberíamos tenerlo sabido desde siempre aquí y en todas partes. Y, ya que estamos en carrera electoral tan decisiva, habría que administrar el flujo de las promesas que se lanzan dentro de ella, para que los incumplimientos por inviabilidad práctica no se agreguen a los factores que estimulan la frustración.

Todos los salvadoreños tendríamos que entender y reconocer que esta ciudadanía a la que pertenecemos está cada vez más consciente de sí misma y de lo que le corresponde hacer para que la dinámica nacional se vaya enrumbando hacia un destino que merezca el nombre de tal. Y en esa línea, las superficialidades tácticas y los ofrecimientos frívolos no sólo son inútiles sino contraproducentes. Esto va haciendo girar el escenario de la vida pública, aunque muchos de los actores que en él se mueven no se hayan dado cuenta ni quieran hacerlo. Se trata, sin duda, de un proceso que va tomando cuerpo dentro del avance evolutivo.

Y en este preciso momento la campaña debería concentrarse en convencer al electorado de la viabilidad práctica de lo que se le está prometiendo y ofreciendo, porque de nada sirve continuar en el derrame de promesas y ofrecimientos sin asegurar, con pruebas firmes, que hay cómo y cuándo cumplirlos. El punto clave es la credibilidad, que es lo que más ha fallado en esta contemporaneidad tan compleja, y por eso nos hallamos cada día más asediados por el descontento y por la frustración, como está perfectamente a la vista.

Se acerca el 3 de febrero, día en que las cartas electorales estarán echadas, aunque haya que ir a una segunda vuelta. Pero si el 3 de febrero es crucial, más lo será el 1 de junio, cuando la nueva Administración se hará cargo de gobernar: ahí empezará a definirse lo que será el próximo quinquenio. No sólo veamos fechas, pues, sino que enfoquémonos en el proceso, que es el que tiene las llaves de su propia continuidad.

A estas alturas del ejercicio democrático, lo que más estamos necesitando los salvadoreños es estructurar una normalidad que nos aparte definitivamente de las improvisaciones depredadoras. El proceso nacional tiene su propia lógica, y a ella tendríamos que ceñirnos para sustentar los pilares del futuro. Nuestra deuda con la madurez se mantiene insoluta.

Si todo pareciera normal sin serlo estaríamos en situación críticamente calamitosa; pero las variadas inseguridades que nos envuelven impiden que esa ficción nos atrape. Enfrentemos, entonces, nuestra tarea más apremiante: darles tratamiento efectivo a los problemas sin evadir realidades.

Tenemos experiencia en superar adversidades, y lo que hoy nos toca es aplicar dicha experiencia a las tareas pendientes, para hallar salidas hacia espacios más propicios.

2019 es año crucial, desde cualquier ángulo que se le mire. A partir de ahí, sigamos adelante.

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  • campaña presidencial
  • ciudadanía
  • electorado
  • credibilidad
  • 3 de febrero

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