Lo más visto

Más de Opinión

Hay que parar el deterioro nacional a toda costa, y eso sólo se logrará si los salvadoreños empezamos a entendernos de veras

Hay áreas que son especialmente determinantes al respecto: la seguridad, la activación económica, la efectividad institucional, el desarrollo humano y la preservación ambiental.
Enlace copiado
Enlace copiado
Cuando se hace un recuento, por somero que sea, de las condiciones en que se desenvuelve el acontecer nacional en nuestros días lo que salta de inmediato es la percepción de que no hay respuestas disponibles a los problemas que persisten en el ambiente como lastres cada vez más agobiantes. Tal percepción opera como una retranca anímica que imposibilita, por sí misma, la activación de esfuerzos que lleven el endoso ciudadano, lo cual constituye el mayor impedimento para mover iniciativas de verdadero cambio y para reanimar la confianza en el país como gestor de su propio destino. Estamos atrapados en el círculo vicioso del deterioro sin remedios a la vista, y en tanto no se inicie confiablemente la reversión de tal estado de cosas poco puede esperarse de lo que viene.

Cuando hablamos de deterioro no sólo nos referimos a lo que puede haberse perdido en comparación con lo que antes se tenía sino sobre todo a lo que se deja de aprovechar en referencia a las oportunidades del presente; y en este último ámbito lo más grave es que en la medida que la competitividad se ha extendido, principalmente por las aperturas de la globalización, dejar que otros ocupen los espacios que nos podrían pertenecer si hiciéramos lo pertinente de manera oportuna se vuelve una pérdida cada vez más aceleradamente irreversible. En tal sentido, adquiere mayor dramatismo aquello de que dejar pasar un minuto equivale a perder una hora.

Ya en el plano de sus otros efectos inmediatos, el deterioro nacional constituye una prueba de fuego para cualquier grupo o personaje político, sobre todo aquellos que aspiran a ejercer funciones representativas o ya las ejercen. Es por ello que este tema tan candente y tan determinante debería pasar, en su verdadera dimensión y trascendencia, a las agendas de todos aquellos que buscan asumir o ya han asumido responsabilidades en cualquiera de los rubros de la problemática nacional. Hay áreas que son especialmente determinantes al respecto: la seguridad, la activación económica, la efectividad institucional, el desarrollo humano y la preservación ambiental. En todas esas áreas hay múltiples déficits que están demandando gestiones correctivas y revitalizadoras, de las cuales depende que el país se mueva hacia un ejercicio pleno de sus potencialidades.

Todo lo anterior reclama tratamientos verdaderamente adecuados a lo que se tiene y a lo que se quiere tener. Y al ser una labor de índole nacional, las bases de la misma también tienen que serlo. Aquí se presenta de nuevo el imperativo de generación de consensos que permitan actuar en consonancia con los objetivos buscados. Si la lógica del consenso siempre es vital para que la democracia dé todo de sí, lo es más aún cuando los problemas se han venido acumulando sin resolverse. Mantenerse en ese esquema fallido es acogerse al fracaso en vez de apuntarse al éxito.

Subrayar el deterioro no significa que todo lo que se ha hecho hasta hoy sea inútil o intrascendente: lo que se quiere destacar es que para atacar a fondo y con posibilidades de éxito sostenido la problemática presente es ineludible dotar a la acción de los elementos que la vuelvan eficaz en la medida requerida. Sólo al acatar ese mandato de la realidad apuntaremos en la buena dirección.

Lee también

Comentarios