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Hay que ponerle atención directa al proceso actual para saber cómo administrarlo y reorientarlo

Las experiencias presentes tienen, como es natural, raíces en el pasado, pero están más conectadas con el futuro que nunca antes.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Lo primero que tendríamos que asumir los habitantes del mundo global de nuestros días es que nos toca administrar personal y colectivamente una realidad que en muchos sentidos no tiene precedentes. No vamos a decir que el mundo actual es una especie de invención original desconectada de lo que se ha venido dando en el curso del tiempo, porque eso sería imaginar que en el decurso histórico se pueden dar los cortes absolutos, pero sí tenemos que estar conscientes de que lo que hoy se vive no puede ser entendido con percepciones mecánicas. Las experiencias presentes tienen, como es natural, raíces en el pasado, pero están más conectadas con el futuro que nunca antes.

Eso exige que los humanos de esta era le pongamos una atención mucho mayor al sentido de los sucesos actuales, ya que los acontecimientos presentes responden a un juego de causas que están día a día más activas y que por ello demandan cada vez más participación analítica de todos. En el mundo que se globaliza sin cesar, los poderes tradicionales ya no pueden ejercer el dominio al que estuvieron acostumbrados y que les llevó a creerse dueños de la vida en todos sus aspectos. Los poderes predominantes siguen existiendo, pero han ido perdiendo la supremacía intocable de la que se sentían investidos en forma permanente. Y esta realidad que hoy gana terreno pone a muchos en actitud descompensadamente defensiva.

No hay que ir muy lejos en el pasado para poder visualizar en concreto los cambios a los que hacemos alusión. La bipolaridad mundial que estuvo vigente hasta 1989 es el mejor ejemplo de la visión estática del poder concentrado en las cúpulas; y la multipolaridad expansiva que se ha venido generando desde entonces es la muestra más elocuente de que el panorama es hoy un mosaico en movimiento. Al ser así, lo que estamos viendo y viviendo es la reconstrucción generalizada de un mapamundi en el que ya no hay azoteas ni sótanos, sino espacios que desde luego no son ni podrían ser homogéneos pero que manifiestan su diversidad de manera espontánea. La dilución de las antes llamadas “zonas de influencia” es una prueba de ello.

En una situación como la que hoy impera prácticamente en todas partes, lo primero que se evidencia es que nadie puede imponer su ley en forma inapelable, y esto ocurre en los ámbitos nacionales, en las zonas regionales y en las extensiones globales. Tal fenómeno pone en juego a la vez oportunidades y desafíos, lo cual debe ser asumido por todos, tanto los más pudientes y desarrollados como los menos favorecidos en todos esos campos. Lo cual hace que hoy nadie pueda estar tranquilo en ninguna posición, ya que la característica básica de esta época es la inseguridad sobre el presente y la incertidumbre sobre el futuro. Hay muchos que se resisten, casi siempre airadamente, a que las cosas sean así, pero tales resistencias no llevan a nada.

Las erupciones del sentimiento antiinmigrante están en esa línea. Los rebrotes de nacionalismo obsesivamente autoprotector también van por ahí. Las tentaciones secesionistas que buscan dividir países se han reavivado en esta atmósfera. Y por otro lado hay un flujo humano creciente que traspasa las antiguas fronteras, el impacto inimaginado de las comunicaciones instantáneas nos tiene a todos con la realidad a la mano y los viejos dogmas ideológicos y políticos se van derritiendo cada vez más. En un escenario con tales componentes y características lo que se impone, sin excusas posibles, es hacer que la razón pragmática asuma su rol ordenador y conductor, y que lo haga en todas partes.

La ingobernabilidad del fenómeno real es lo que hoy se vuelve más visible y sensible por doquier, con todas las consecuencias desestructuradoras que son de prever. Esa sin duda es la palabra clave de este tiempo: ingobernabilidad, comenzando por la ingobernabilidad de las conductas. Y esto último lo vemos a diario más detonantemente en los ámbitos políticos, donde se están dando situaciones que hubieran sido inimaginables hasta hace poco.

Las cosas se han salido de control a nivel global, y el curso de los hechos da señales muy preocupantes al respecto. ¿Qué hacer frente a ello? Mover el mayor número de voluntades que sea posible para ir contrarrestando el deterioro destructor y sembrando semillas de racionalidad ahí donde se pueda. Lo que tenemos es un proceso, y reorientar el proceso exige creatividad, disciplina y valor.

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