Hay que potenciar la democratización haciendo que el régimen de libertades vaya ganando cada vez más fuerza en el ambiente

La evidente politización confrontativa del Día del Trabajo muestra a todas luces lo que en este momento está imperando en el país; y, en consecuencia, el reto principal consiste en hacer todo lo necesario para pasar a una etapa en la que prevalezcan los enfoques reorientadores.
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Si algo es clave y decisivo para el desarrollo democrático nacional es el fortalecimiento de las libertades en todos los ámbitos de la realidad. Está sobradamente demostrado en todas las latitudes y en todos los tiempos, que sin libertades arraigadas y actuantes no es posible garantizar seguridad y progreso, que son los dos componentes básicos del desarrollo, entendido éste en su verdadera dimensión humanizadora, pacificadora y proyectiva.

Y cuando hablamos de libertades nos referimos a todas ellas, en el más amplio sentido del término, con énfasis especial en algunas de dichas libertades que son las más amenazadas en esta precisa coyuntura histórica global y nacional, como son la libertad individual, la libertad social, la libertad política, la libertad económica y la libertad de pensamiento y expresión. Y la reiterada experiencia enseña que el atropello de cualquiera de esas libertades esenciales implica el quebranto de todas ellas, como puede verse en los regímenes totalitarios populistas, que al destruir la libertad económica llevan a sus sociedades a la ruina, como puede verse en el patético caso de Venezuela.

En nuestro país, el régimen de libertades ha sufrido siempre amenazas y ataques de la más variada índole; y eso deriva estructuralmente del hecho de no haber contado con experiencia democratizadora en los distintos momentos de nuestro devenir. Aunque la opción democrática tiene ya casi 40 años en el terreno, las adversidades de recorrido nos mantienen aún en fase de aprendizaje, como es muy fácilmente constatable en la experiencia cotidiana. El ejercicio político continúa siendo inmaduro y muy poco confiable, y de ahí deriva la ineficiencia en el tratamiento correctivo de prácticamente todos los trastornos e insuficiencias que nos aquejan.

Ayer se conmemoró en el mundo el Día Internacional del Trabajo, y la fecha es, cada año, una oportunidad para expresar abiertamente los sentimientos de la clase obrera respecto de su situación y de sus aspiraciones. Como se ha venido viendo a lo largo del tiempo, la ideologización se ha apoderado de tal conmemoración, y nuestro país no es la excepción al respecto. Ahora tenemos un Gobierno de izquierda, resultante de la alternancia que es propia del desempeño democrático, y que desde luego no es ni mucho menos un producto revolucionario al estilo tradicional. En este momento, las divisiones en la izquierda son notorias, como se constata en las distintas marchas que estuvieron en las calles el día de ayer: algunas evidentemente organizadas a favor del Gobierno y otras beligerantemente en contra. Al ser así, la conmemoración se difuminó entre las disputas de los intereses políticos.

Lo que el país realmente necesita en esta coyuntura tan compleja es que todos los actores del proceso productivo, tanto empresariales y laborales como gubernamentales y políticos, se animen a entrar conjuntamente en dinámica interactiva y constructiva, a fin de que podamos salir de las trampas artificiales para pasar a los resultados beneficiosos para todos. Reconozcamos que los tiempos han cambiado y continúan cambiando, y que la única actitud valedera es la que aglutina voluntades en función de un mejor futuro.

La evidente politización confrontativa del Día del Trabajo muestra a todas luces lo que en este momento está imperando en el país; y, en consecuencia, el reto principal consiste en hacer todo lo necesario para pasar a una etapa en la que prevalezcan los enfoques reorientadores.
 

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