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Hay que preservar la estabilidad constitucional sin cerrarse a las sanas innovaciones

El Salvador debe cuidar sin reservas su estabilidad básica, de la cual la Constitución es el principal sostén; y para lograrlo de modo inequívoco es indispensable que haya unidad de voluntades por encima de todas las diferencias.
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En estos días, justamente el 20 del presente mes, se celebrarán los 34 años de vigencia de la Constitución de la República que aún nos rige. Fue aquel un acontecimiento de gran trascendencia política y jurídica, que se dio inmediatamente después de que colapsara, por medio de un Golpe de Estado que tuvo lugar en octubre de 1979, el antiguo régimen de poder en el que se sucedieron los gobiernos militares desde los años 30 del pasado siglo. La Constitución anterior fue la de 1950, que constituyó un notable avance en muchas áreas institucionales y que tuvo gran visión evolutiva, pero el poder establecido se mantuvo en pie impidiendo que aquella Constitución cumpliera su misión renovadora en la forma debida.

El proceso de paz que logró la solución política de la guerra tuvo entre sus principales componentes posibilitadores del arreglo una reforma puntual de la Constitución. Como bien dice la Sala de lo Constitucional en el prólogo de su edición de 2011: “Los Acuerdos de Paz suscritos en 1992 dieron origen a nuevas normas que enriquecieron los valores e ideales para la conformación de una sociedad democrática, y propiciaron el fortalecimiento del sistema judicial, del sistema electoral y de la Fuerza Armada, así como la creación de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y la Policía Nacional Civil”. A eso habría que agregar que tal reforma definió con toda claridad el rol de la Fiscalía General de la República específicamente en la investigación del delito y generó los espacios para que todas las fuerzas políticas pudieran participar en el juego democrático legal, incluyendo desde luego al FMLN.

Lo que trajeron todos esos cambios ha sido de complicado manejo en los hechos, porque las resistencias políticas y los prejuicios ideológicos no han dejado de estar presentes en ningún momento. Ha habido circunstancias especialmente críticas, como la que se dio en 2012, cuando hubo un abierto intento legislativo de desarticular la Sala de lo Constitucional elegida en 2009 y que hoy está muy cerca de concluir su período; pero afortunadamente la fortaleza del proceso democrático en ningún momento se ha quebrantado, pese a los embates constantes de los que quisieran volver a las andadas de la impunidad política que prevaleció por tanto tiempo y de tan diversas maneras.

La celebración del aniversario constitucional debería servir como un estímulo recordatorio de que los salvadoreños debemos mantenernos firmes en la defensa de nuestro propio proceso de modernización progresiva, para evitar cualquier forma de regresión y sobre todo para asegurar que sigamos avanzando en la consolidación del régimen de libertades y en la construcción de una convivencia pacífica y progresista que nos habilite las rutas del progreso real para todos. Y la sana defensa de la Constitución implica considerarla como lo que es: un esquema de vida que debe ir adaptándose de manera inteligente y visionaria a los cambios naturales de los tiempos.

Afortunadamente la conciencia ciudadana ha venido haciéndose cada vez más presente y actuante en los hechos, y eso lo podemos ver y constatar en las experiencias del día a día, en las más variadas expresiones del quehacer nacional. El Salvador debe cuidar sin reservas su estabilidad básica, de la cual la Constitución es el principal sostén; y para lograrlo de modo inequívoco es indispensable que haya unidad de voluntades por encima de todas las diferencias.

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