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Hay que producir más, gastar menos y evitar todo desborde presupuestario para que el país se normalice

El impulso de gastar según el capricho de los que deciden se ha vuelto otra pandemia. Esto hay que controlarlo a fondo, aparte de por ser indebido porque no hay recursos para ello.

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Cuando hacemos un recuento anticipatorio de las tareas más urgentes e ineludibles que nos esperan desde este mismo momento, surgen al instante algunas responsabilidades de cuya atención depende en gran medida que podamos lograr que el país funcione y que los objetivos nacionales se vayan cumpliendo de manera consistente y segura. Los efectos y los impactos de la crisis pandémica no van a desactivarse y a desaparecer de manera espontánea ni desprogramada, sino que, por el contrario, se necesitará mucha dedicación bien articulada y bien conducida para que las cosas vayan encaminándose de manera constructiva y segura, conforme a las circunstancias por venir. Y, como siempre, el término que ganará más protagonismo será: disciplina, en el más amplio sentido del término. Nada de esto es sencillo y llevadero sin más; y lo que surge como imperioso cada día más es que habrá que hacer grandes esfuerzos y aun importantes sacrificios para que el proceso nacional pueda orientarse hacia donde el país necesita, teniendo en cuenta lo que hemos vivido, lo que estamos viviendo y lo que nos tocará vivir.

El tema de la productividad debe ser retomado con nuevos empeños y efectividad lo más plena posible. Para esto hay que apoyar y potenciar a los empresarios de todos los niveles y darles a los emprendedores de todo tipo los estímulos económicos y funcionales que sean precisos y oportunos. Esto demanda un plan nacional de impulso productivo, que tenga efectos nacionales e internacionales, como es del caso en este mundo cada vez más globalizado. Mucho se ha perdido a consecuencia de la crisis pandémica que aún se halla sobre el terreno, y todo eso hay que tratar de recuperarlo haciendo que tal recuperación sirva de impulso para nuevos avances productivos debidamente actualizados de manera constante. Estamos, pues, ante una misión productiva de primer nivel, que hay que asumir a profundidad.

Pero ya en el plano estrictamente estatal, la contención del gasto público se ha vuelto un imperativo vital e insoslayable, sobre todo porque venimos de una práctica abusivamente irresponsable al respecto. Cada Gobierno de los que se han sucedido busca, en primer lugar, ubicar a su gente en posiciones remuneradas lo más generosamente posible, por compromisos políticos o por móviles de nepotismo. Además, el impulso de gastar según el capricho de los que deciden se ha vuelto otra pandemia. Esto hay que controlarlo a fondo, aparte de por ser indebido porque no hay recursos para ello. Hemos llegado al límite de la sostenibilidad financiera, y lo único factible es la austeridad en serio y sin ningún género de excusas. Las alternativas para mantenerse en lo mismo no existen.

Y en lo que toca a la gestión presupuestaria, esta tiene que ceñirse a una disciplina estricta y permanente, para que no haya por dónde salirse de control. Hay que subrayar que este imperativo no tiene vuelta de hoja, y eso tienen que tenerlo en cuenta todos los que de alguna manera intervengan en la gestión pública. Nuestro país presenta ahora mismo la economía más deteriorada del área, y por consiguiente los cuidados tienen que ser más estrictos y persistentes. Nos hallamos en un momento de muy alto riesgo, y lo que se impone es redoblar esfuerzos en la línea de la máxima responsabilidad.

No hay que perder tiempo ni energías en disputas insustanciales que lo único que hacen es complicar nuestro proceso, precisamente en el momento en que necesitamos más sensatez en todas las decisiones y sus desarrollos.

El país debe asegurarse de que quede definido de una vez por todas el rumbo correcto en todos los órdenes de la vida nacional, para que se consolide la trayectoria democrática y se asegure el buen desempeño institucional.

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  • gastar
  • disciplina
  • productividad
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