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Hay que proponerse arribar a una plataforma de progreso que realmente funcione

Tenemos limitaciones y también ventajas comparativas. Ambas deben ser tenidas en cuenta para la definición orientadora. Y en esto tienen que participar todos los sectores sociales y económicos así como todas las fuerzas políticas.
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En El Salvador venimos estando necesitados de un plan de trabajo nacional que efectivamente nos permita recuperar el potencial de nuestras energías constructivas para poder salir de los diversos estancamientos en los que hemos ido cayendo. Aunque en el ámbito político es donde más se ponen de manifiesto las percepciones sobre nuestra realidad, también hay que reconocer que son los manejos políticos los que más contribuyen a que dichas percepciones se vean constantemente distorsionadas, ya que los intereses partidarios inciden a cada paso en las imágenes que se busca poner de relieve, para bien o para mal, en función de lo que quiere ganar el que las resalta y del perjuicio que se quiere ocasionar al adversario.

Al estar por concluir 2017, y al hallarse 2018 y 2019 a las puertas con todos los desafíos que traen consigo, se presenta el mejor momento para tomar iniciativas esclarecedoras de lo que habría que hacer para que El Salvador se vaya distanciando de sus letargos y de sus despistes para entrar en serio en proceso de redefinición futurista. Hemos mencionado el término “plataforma de progreso” porque es el que mejor identifica lo que quisiéramos tener de aquí en adelante para ya no seguir yendo a la buena de Dios, sin asideros coherentes y pertinentes en el plano de los hechos. Lo que más necesitamos, entonces, es clarificar cuanto antes y al máximo lo que necesitamos para reordenar nuestros esfuerzos y lo que tendría que corregirse para ya no persistir en los vicios acumulados.

En ese orden, nuestra primera necesidad consiste en evidenciar las tareas conductoras y en establecer el método para tratarlas y para encontrarles soluciones. En primera línea están las apuestas básicas, que nunca se han especificado consensuadamente en el ambiente. Y partamos de tres apuestas que contienen las claves del progreso: la apuesta productiva, la apuesta competitiva y la apuesta educativa.

En El Salvador, desde que perdió su relieve histórico la apuesta cafetalera, no se ha definido ninguna apuesta que potencie y priorice aquello a lo que vamos a dedicarnos productivamente como país. Tenemos limitaciones y también ventajas comparativas. Ambas deben ser tenidas en cuenta para la definición orientadora. Y en esto tienen que participar todos los sectores sociales y económicos así como todas las fuerzas políticas. El método, pues, debe ser integrador desde el inicio, para no seguir en los desgastes absurdos de las confrontaciones obstinadas.

El mundo actual se globaliza a ritmo acelerado, y por consiguiente la productividad debe ir de la mano con la competitividad. Debemos saber qué producir y cómo, haciendo que esto fluya de la manera más beneficiosa posible tanto dentro como fuera del país. Ni la productividad ni la competitividad pueden depender de la improvisación, que es donde hemos estado atascados hasta hoy; y para que ambas operen como debe ser hay que prepararse en términos nacionales por medio de una formación educativa puesta al día con todo lo moderno y estructurada según los propósitos productivos y competitivos.

Queremos reiterar que aquí, como en prácticamente todo lo demás, las apuestas tienen que ser integrales e integradoras. Lo que tenemos entre manos es un compromiso de nación, que sólo puede ser asumido como tal si se entra en la lógica de la colaboración interactiva.

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