Hay que racionalizar la política para ordenar la competitividad

Económicamente no somos competitivos,y no porque no podamos serlo sino porque mantenemos anteojeras desfasadas y prejuicios de otro tiempo.
Enlace copiado
Enlace copiado
<p>La campaña electoral para las presidenciales de 2014 no va a detenerse, porque ya se está desplegando en el terreno. Esta es la primera prueba electoral de ese nivel después de la alternancia de 2009, y las fuerzas más grandes están en competencia abierta. Los resultados electorales de marzo de este año confirmaron a las dos fuerzas principales –ARENA y el FMLN–; y ahora lo que todavía no se define es si habrá un tercer candidato que vaya a competir en primera línea; y, si eso ocurriera, todavía estaría por ver cómo reacciona en la urnas el electorado ante la candidatura de un ex presidente de la república, ya que esa situación nunca se ha presentado.</p><p>Por lo que hasta ahora se está viendo y oyendo, la campaña en marcha no traerá las novedades que el proceso político no sólo permite a estas alturas, sino que está demandando cada vez con más apremios. La retranca principal que se advierte en este momento es la resistencia de los partidos a entrar en una nueva dinámica de ofertas no sólo electorales sino sobre todo gubernamentales, que ponga sobre la mesa de los compromisos tres criterios básicos: que impere el realismo en el tratamiento de la problemática nacional, que la gestión esté manejada con una mezcla virtuosa de sensatez, audacia y efectividad, y que la honradez comprobable sea la norma de todo. </p><p>Según lo que se viene advirtiendo con nitidez cada vez más notoria en el ambiente, nuestra dinámica nacional se rige hasta hoy más por la irracionalidad que por la racionalidad. Los ejemplos dramáticos de ello son patentes. En el plano institucional, la experiencia vivida con el enfrentamiento entre la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional es una prueba patética de lo dicho. Y que la irracionalidad se haga tan evidente en el manejo institucional es de especial gravedad y riesgo para el orden democrático. Ojalá que lo ocurrido sirva para corregir actitudes, regenerar vínculos de cooperación e ir normalizando la gestión pública en general. </p><p>En lo político, la artificiosa pugna que se mantiene entre las fuerzas partidarias más poderosas constituye un atentado no sólo contra la normalidad interna sino contra la capacidad nacional de desarrollarnos sanamente en el espacio global, que es donde todos debemos estar. Al respecto, ni siquiera las experiencias satisfactorias de los países del entorno inmediato –Nicaragua, Honduras, Guatemala– sirven para abrir entendederas y superar prácticas obsoletas. Económicamente no somos competitivos, y no porque no podamos serlo sino porque mantenemos anteojeras desfasadas y prejuicios de otro tiempo. </p><p>Es entendible que dentro del fragor de una campaña presidencial las ansiedades se desaten y las pasiones tiendan a desbordarse, pero también es cierto que una campaña de esa índole puede y debe ser el escenario propicio para medir las capacidades de innovación y de compromiso razonable que sean capaces de mostrar los partidos y los candidatos. La ciudadanía está hostigada de ver lo mismo y de oír lo mismo. Y, sobre todo, se encuentra hasta la coronilla de recibir una avalancha de promesas menudas sin que lo básico se manifieste con seguridad de ser abordado en la gestión. Por ahí tendría que empezar el cambio, que es muy distinto al “cambio” entre comillas.</p><p>Necesitamos ser verdaderamente competitivos en todo: en lo político, en lo social, en lo económico, en lo cultural. Esta no es tarea de ocasión, sino deber de continuidad. Y la racionalidad tiene que estar en el centro del esfuerzo, para que este se mantenga, se potencie y fructifique. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

Tags:

  • opinion
  • editorial

Lee también

Comentarios

Newsletter