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Hay que reconfigurar la educación para hacer que el país progrese de veras

A estas alturas, y con tantas insuficiencias a cuestas, lo que se impone sin alternativas es redefinir todas las estructuras educativas, de tal manera que nos enfilemos hacia una modernización que no falle en ninguno de sus planos y niveles.
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Desde hace ya varias décadas, y en específico desde los años 60 del pasado siglo, la Educación Nacional viene padeciendo estragos sucesivos, que arrancaron con las llamadas Reformas Educativas de aquellos entonces. Es claro que la Educación, como sistema y como ejercicio organizado, tiene que estar en permanente evolución, y más cuando la sociedad misma, en todas sus expresiones, se halla en trance de cambio por efecto de los dinamismos que dentro de ella se van poniendo de manifiesto. En el pasado anterior a las fechas indicadas al principio, el proceso educativo nacional mantuvo una consistencia digna de atención y de análisis. Desde el siglo antepasado, los cánones y los criterios educativos estuvieron regidos por un propósito de calidad que tenía como base la consideración de que la carrera docente era un auténtico magisterio. Los maestros se formaban en las Escuelas Normales y muchos de ellos eran figuras representativas del mejor conocimiento posible, que era transmitido con ejemplaridad casi ritual.

Desafortunadamente el ánimo de modernización progresiva, que desde luego es legítimo y necesario como tal, no fue aplicado de manera inteligente y sustentada. Se quedó en un simple enfoque técnico, sin calar en los requisitos del auténtico progreso estructural, que tomara en cuenta los avances científicos y las condiciones propias de nuestra realidad. Así lo que resultó y ha venido resultando desde entonces es una especie de simulacro de evolución, que mantiene al sistema educativo atrapado en sus limitaciones reiteradas. A estas alturas, y con tantas insuficiencias a cuestas, lo que se impone sin alternativas es redefinir todas las estructuras educativas, de tal manera que nos enfilemos hacia una modernización que no falle en ninguno de sus planos y niveles.

En los decenios más recientes, y cada vez con mayor aceleración, las condiciones de la realidad tanto nacional como regional y global vienen moviéndose para estar a tono con las dinámicas de los tiempos. Los enclaustramientos geográficos y las sabidurías escritas en piedra ya no son posibles y mucho menos serían funcionales en esta época que va avanzando con intensidad vertiginosa. Esto nos pone a todos ante un panorama de oportunidades y de desafíos que hay que saber encarar y procesar. Y el instrumento insustituible para ello es la educación: una educación cada día puesta al día, lo cual significa ir adelante en toda circunstancia.

El sistema educativo no puede ser considerado un ente abstracto; por el contrario, es la estructura dinamizadora más concreta que pueda haber dentro de una determinada sociedad. Esto tienen que tenerlo en cuenta desde el primer instante los planificadores y los ejecutores de esa renovación que ya está en el orden de las máximas urgencias. La educación debe responder a lo que queremos ser como país viable en un mundo cada vez más intercomunicado. La transformación educativa es entonces tarea de constructores visionarios y realistas.

Hay grandes carencias en nuestro sistema, pero sobre todo hay falta de iniciativas que se comprometan con la renovación integral del mismo. Hacia ahí hay que avanzar sin tardanzas ni pretextos.

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