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Hay que recordar fechas para reexaminar sucesos en el afán de entender cada vez con más datos precisos la marcha de nuestro proceso

Propongámonos, pues, que el país como tal esté con nosotros a diario, así como nosotros estamos en él aunque apenas nos demos cuenta. Ese engarce de realidades es la clave inicial de una historia mucho más vivible y convivible.
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El calendario de la evolución está marcado por hitos que tienen su respectivo relieve, el cual se va distinguiendo con más precisión en la medida que el tiempo va haciendo su apertura de perspectivas. En tal sentido, es conveniente siempre recorrer el calendario con voluntad comprensiva de su trayectoria concreta, a fin de ir sumando juicios de valor sobre lo ocurrido con sus respectivas consecuencias. No se trata de enfocar lo pasado con criterios históricos tradicionales sino de recolectar imágenes significativas en función de entender con más claridad y precisión, es decir con más lucidez interpretativa, lo que pasa en el presente, que es sólo otra estación en la interminable marcha hacia adelante.

Detengámonos un instante a pensar en lo que han sido los momentos más relevantes en el avance nacional de las décadas más próximas, y así identificamos cinco fechas decisivas en ese trayecto temporal: 15 de octubre de 1979, 10 de enero de 1981, 1 de junio de 1989, 16 de enero de 1992 y 1 de junio de 2014.

El 15 de octubre de 1979 se produjo un Golpe de Estado, que venía a sumarse a ese tipo de sucesos, ya crónicos en el país desde 1931. Lo que no se podía saber entonces era que el Golpe del 79 sería el último en la lista, porque lo que se estaba produciendo era el quiebre final de la antigua alianza entre las cúpulas militares, empresariales y eclesiásticas, que venía funcionando desde comienzos del siglo. A partir de aquel octubre, el final de la era autoritaria le abrió paso a la era democrática, con la guerra a las puertas. Otra época se iniciaba, traumáticamente por cierto.

El 10 de enero de 1981, ya con la guerra en el terreno, la guerrilla en armas lanzó lo que dio en llamar Ofensiva Final. Se creía que la guerra duraría muy poco, porque el ejemplo sandinista estaba ahí nomás, haciendo cabriolas a su manera. Pero la realidad nos enseñó a todos que la nuestra no era una guerra por el simple acceso al poder, sino un ejercicio de conclusión de una etapa histórica para pasar a otra. Quedaba claro que se tenía que hacer mucho más que disparar balazos para saltar hacia la otra orilla, la de la pacificación realmente factible.

El 1 de junio de 1989 asumió la Presidencia de la República Alfredo Cristiani, que llegó por el partido ARENA. El hecho es especialmente significativo no por la identidad del partido ganador en aquella ocasión sino porque al haber asumido el cargo un mandatario que contaba con el apoyo de los poderes tradicionales de país se abría verdaderamente la posibilidad de entrar en una fase negociadora del fin de la guerra; y esto se apuntaló cuando el nuevo Presidente, desde el primer momento de su mandato, propuso un entendimiento real al respecto.

El 16 de enero de 1992 se produjo en México D. F. la suscripción solemne del Acuerdo de Paz que le puso fin a la guerra interna de casi 12 años. Fue un momento verdaderamente estelar de nuestra historia, no sólo porque concluía la lucha armada sino, sobre todo, porque se abría la etapa de la plena democratización en el país, un acontecimiento sin precedentes. A partir de aquella fecha los salvadoreños estamos en un nuevo escenario histórico que, por todas las señales con que se cuenta, es definitivo e irreversible.

El 1 de junio de 2014 se consumó la verdadera alternancia en el ejercicio del poder político, cuando el FMLN se instaló como partido de gobierno en forma inequívoca. La significación de este hecho no tiene connotaciones ideológicas sino efecto demostrativo de que la dinámica normal del proceso va consolidándose en el tiempo. La alternancia es connatural a la democracia en acción, y el que se produzca sin traumatismos fracturadores es la mejor prueba de que avanzamos pese a las dificultades que van presentándose en el camino.

A estas alturas, El Salvador es más que nunca un laboratorio en el que las tareas realizadas se conjugan con las tareas por hacer. Si aprovecháramos en la debida forma las lecciones que venimos acumulando tan visiblemente en el curso del tiempo de seguro estaríamos en condiciones superiores para encarar los desafíos y para potenciar las oportunidades que se van presentando cada día. Es hora de hacerlo sin excusas vanas ni pretextos infundados, para que nuestra ruta de futuro sea cada vez menos tortuosa y accidentada.

Propongámonos, pues, que el país como tal esté con nosotros a diario, así como nosotros estamos en él aunque apenas nos demos cuenta. Ese engarce de realidades es la clave inicial de una historia mucho más vivible y convivible.

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