Hay que renovar el compromiso de lograr la convivencia pacífica y el crecimiento real

Pero hay que tener presente que lo que hoy necesitamos no es un ejercicio pacificador como el que tiene que darse luego de una guerra, sino una práctica de estabilización permanente sustentada en la convivencia pacífica.

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El Salvador no sólo es un país con identidad y con experiencia histórica propias, sino un espacio de experimentación que tiene sus singularidades claramente perceptibles. Esto tendría que ser de evidencia incuestionable para todos aquellos que formamos parte del conglomerado nacional, que a más de ser un conjunto de individuos que comparten la pertenencia a un proceso nacional de características inconfundibles constituye una unidad de destino colectivo, del cual no es posible escapar ni siquiera por la ruta de la emigración, que hoy es más aglutinadora que nunca. Y al ponernos en ese plano, la salvadoreñidad se hace presente y sensible como el lazo de unión que nos convierte en comunidad perfectamente identificable.

Con frecuencia se habla de la necesidad de lograr una verdadera paz en nuestro ambiente, para hacer realidad lo que quedó como tarea pendiente cuando se cerró el conflicto bélico con el Acuerdo de Paz suscrito en enero de 1992. Pero hay que tener presente que lo que hoy necesitamos no es un ejercicio pacificador como el que tiene que darse luego de una guerra, sino una práctica de estabilización permanente sustentada en la convivencia pacífica. Y justamente lo que más nos está faltando es ese tipo de convivencia, fundamentada en el apego estricto a la legalidad y en la vigencia generalizada de los valores de respeto y tolerancia que corresponden tan esencialmente a una democracia vivida a cabalidad.

Si no hay convivencia pacífica tampoco se pueden abrir las vías del crecimiento. Entre ambos factores existe una codependencia de fondo, y esto es perfectamente constatable en la experiencia que llevamos viviendo los salvadoreños desde hace ya tanto tiempo. La calidad de la convivencia se deteriora cada vez más, en un declive agudizado por el auge criminal que se manifiesta en forma incontrolada; y enganchado a ese deterioro llevamos a cuestas un fardo de insuficiencia crónica del crecimiento económico, que genera trastornos de la más variada índole en nuestro proceso evolutivo. Esta suma de factores ya no puede seguir siendo percibida como una especie de archipiélago de causas, sino que debe ser tratada como lo que es: un núcleo de problemas que interactúan de manera constante e indivisible.

Necesitamos normalizar nuestra vida en común, poniendo en el escenario de la misma todos los componentes saneadores, correctores y modernizadores que se haga preciso, porque de no hacerlo así iremos autoempujándonos no hacia un Estado fallido sino hacia una sociedad paralizada. Esto hay que evitarlo a toda costa, y para ello es indispensable reorientar voluntades y reordenar conductas. Nada de esto es tarea postergable ni mucho menos ejercicio puramente intelectual: se trata de poner en los hechos de la vida cotidiana todos los elementos indispensables para que El Salvador se vuelva un lugar donde la armonía básica es posible y donde la construcción de buen futuro es realizable.

Factores vitales como la restauración familiar, la redefinición educativa, la seguridad en todos los sentidos, la buena práctica política y el compromiso social sin exclusiones tienen que alinearse en el plan de país que tanto nos demanda a diario la fuerza misma de los problemas no resueltos y de las aspiraciones colectivas por cumplir. Hagámonos cargo de este deber nacional prioritario, a fin de alinearnos con nuestro propio destino como nación.

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