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Hay que sacar las debidas lecciones de todas las inseguridades que nos amenazan y nos agobian en el día a día

Si algo resulta claro con nitidez incuestionable es el hecho de que los salvadoreños no manejamos el tránsito de la guerra a la posguerra con la responsabilidad adecuada.
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Hay que sacar las debidas lecciones de todas las inseguridades que nos amenazan y nos agobian en el día a día

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Los salvadoreños venimos viviendo con el alma en un hilo desde hace ya mucho tiempo. En realidad, si hemos de ver sinceramente nuestro devenir histórico, El Salvador nunca fue un ambiente seguro, aunque diera la impresión de serlo con aquella tranquilidad artificiosa que envolvía al sistema por la fuerza de los intereses dominantes. En un momento determinado, cuando las condiciones estuvieron listas para ello, se desató el conflicto bélico, y casi 12 años después vino la solución política del mismo. Con esa solución se abrió sin precedentes el escenario de la vivencia democrática, en el que han aparecido nuevas inseguridades, ya sin los tapujos que antes se podían hacer valer. Y es que falta mucha madurez para que la democracia pueda funcionar como se debe.

Tomemos tres casos específicos para tener una idea de lo que estamos tratando de exponer: la inseguridad derivada del accionar del crimen organizado, la inseguridad producida por la falta de predictibilidad de las decisiones políticas al más alto nivel y la inseguridad resultante de la fragilidad institucional que nunca ha sido superada. En todos estos casos se trata de fenómenos que se han desplegado expansivamente durante el período de posguerra, lo cual indica que estamos ante un acontecer muy propio de esta coyuntura en la que El Salvador se comienza a autorreconocer como una entidad con destino propio.

Si algo resulta claro con nitidez incuestionable es el hecho de que los salvadoreños no manejamos el tránsito de la guerra a la posguerra con la responsabilidad adecuada. Hicimos como si dicho tránsito fuera un ejercicio mecánico, que no requería transformaciones actitudinales y procedimentales puestas a tono con las circunstancias. Así, cuando las primeras expresiones de conductas antisociales juveniles fueron apareciendo sobre todo en el ámbito estudiantil nadie las tomó en serio. El crimen organizado se aprovechó de tal despiste culpable, y hoy tenemos una gigantesca red criminal, que lo envuelve prácticamente todo. La lección más resaltante de todo ello consiste en que todas las realidades que se ignoran o se descuidan acaban convirtiéndose en trampas que con frecuencia son mortales.

En lo que toca a la inseguridad política, ésta no se ha podido superar en forma significativa porque la democracia no ha sido asumida con la seriedad procedente, y los que están más comprometidos con este déficit son las fuerzas políticas y sus liderazgos. Hay que decir con toda sinceridad que la política, pese a haber sido la principal beneficiaria orgánica de la nueva época que vive la sociedad salvadoreña luego del fin negociado de la guerra, no ha estado a la altura de las circunstancias tal como hubiera sido esperable. La lección que surge de ello es patente: si los políticos persisten en la nefasta tendencia a poner sus intereses de grupo por encima de todo no hay cómo salir a campo abierto para servir desde ahí los intereses generales. No se trata de negar que cada sector y cada grupo tienen el derecho irrenunciable a preservar su identidad y a llevar adelante sus respectivos proyectos: lo que se subraya es el imperativo de que haya un saludable equilibrio de intereses que salvaguarde el bien común como objetivo prioritario en toda circunstancia.

Aunque el esquema político básico se ha mantenido prácticamente intacto desde que se abrió la época posbélica, el desempeño institucional continúa mostrando fragilidades y desbalances que mantienen al sistema en zozobra. No hay indicios de que vaya a producirse un quebranto de proporciones mayores, pero sí están vivas las incertidumbres y las desconfianzas que actúan como retrancas del progreso general del país. La insuficiencia institucional, aparte de producir efectos indeseables en el día a día de los sucesos nacionales, mantiene viva la sensación de que no hay garantías confiables en el buen desempeño del aparato estatal en su conjunto, y eso desestimula iniciativas y fomenta el escepticismo y el pesimismo sobre la suerte del país. Es una forma de inseguridad difusa, pero no por eso menos atentatoria contra la normalidad que es requisito básico para que el país progrese como se debe. Hay aquí una lección que no se puede ocultar: si la casa no está en orden, vivir en ella se vuelve un desorden sin fin.

Hay que entender de una vez por todas que la inseguridad, del tipo que sea, nunca es un estado natural de las cosas: siempre es una consecuencia de no haber hecho lo debido oportunamente y con todas las de la ley. El que tantas inseguridades nos trastornen la vida nacional ha dependido, en gran medida, de nosotros mismos. Y hay que asumirlo para cambiar de chip.

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