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Hay que salir de los viejos moldes y de los prejuicios desfasados para que la economía del país progrese como debe ser

Ya no es factible, bajo ningún argumento o justificación, querer mantener vivos modelos políticos y económicos petrificados, y lo conducente es pasar a esquemas de acción y de participación...

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Si algo vital estamos necesitando los salvadoreños con acelerada urgencia es que entremos en serio en un proceso de desarrollo que responda con todo a lo que se requiere no sólo para que la prosperidad tome el lugar y el ritmo que corresponden a la etapa histórica en que nos movemos sino para que dicha prosperidad esté al alcance de todos de manera natural y sostenida y no en forma de dádivas interesadas o de compromisos oscuros. En este punto lo que se exige por obra de las mismas circunstancias prevalecientes es que pasemos a una fase de auténtica modernización de los conceptos y de los criterios funcionales y a un real despliegue de iniciativas productivas y competitivas que estén en línea con las opciones que encajan con los tiempos.

La ideologización que se instaló prácticamente en todas partes durante el largo período de la bipolaridad, que llegó a convertirse en una Guerra Fría que por mucho tiempo pareció irreversible, trajo como uno de sus efectos más característicos una cuadriculación de los esquemas de vida que al final parecía más bien una caricaturización de todo lo existente. En nuestro país, donde nunca se habían dado dinamismos de interacción democrática antes de la conclusión del conflicto militar, las desfiguraciones ideológicas hicieron de las suyas sin contrapesos correctivos.

Y aunque desde 1992 el país ha entrado en una fase de renovaciones estructurales, ese lastre acumulado sigue queriendo hacerse valer, contra todas las evidencias del movimiento evolutivo que va por nuevas rutas. Especialmente en los planos económicos hay mucho que replantear para que nuestro proceso sea capaz de aprovechar las oportunidades actuales, con una de ellas a la cabeza: la incorporación de El Salvador a las prácticas de una competitividad económica que como tal para nosotros no tiene precedentes.

Insistimos entonces en el imperativo de salir de los viejos moldes y de los prejuicios desfasados. Ya no es factible, bajo ningún argumento o justificación, querer mantener vivos modelos políticos y económicos petrificados, y lo conducente es pasar a esquemas de acción y de participación que por la misma naturaleza de los tiempos actuales son fluidos e incluyentes.

Para el caso, la anticuada y desfasada ideologización de los enfoques económicos extremistas llevó a crear una especie de guerra de sistemas, que ha dejado múltiples desajustes estériles en muchas partes del mundo. Hoy, lo que la realidad reclama con apremio, como expresión de la modernidad emergente, es poner el realismo y la racionalidad en primer plano. Lo público y lo privado se necesitan mutuamente, y persistir en los atrincheramientos excluyentes es una apuesta a la inviabilidad sin salidas. En El Salvador tenemos que asumir por ejemplo fórmulas funcionales como los asocios público-privados, que han detonado el crecimiento en sociedades que están hoy en primera fila.

En esto, como en todo, la política debe dejar de ser una retranca inmovilizadora para convertirse en un ejercicio dinamizador de energías y promotor de realizaciones. Es lo que todos los signos funcionales de los tiempos expresan.

Tags:

  • modernización
  • oportunidades
  • ideologización
  • asocios público-privados

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