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Hay que superar progresivamente la mediocridad política

Han transcurrido más de 20 años desde que la posguerra transicional inició su curso en el país. En estos 20 años muchas cosas han cambiado, y no todas para bien.
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Hay que superar progresivamente la mediocridad política

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<p>En su extraordinaria obra “El hombre mediocre”, José Ingenieros, el gran pensador argentino de la primera mitad del siglo XX, describe con su estilo sabroso y sugestivo, entre otras mil verdades, la siguiente: “Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son incapaces de volar hasta una cumbre o de batirse contra un rebaño. Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria del primer hombre firme que sepa uncirlos a su yugo. Atraviesan el mundo cuidando su sombra e ignorando su personalidad. Nunca llegan a individualizarse; ignoran el placer de exclamar “yo soy”, frente a los demás. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga a borrarse en una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una bandería: siempre a embadurnarse de otros…” Podríamos seguir, pero con lo dicho basta.</p><p>Cuando en una sociedad no se promueven y cultivan los valores de la excelencia, lo que se va infiltrando irremisiblemente es la mediocridad. En nuestro ambiente, aunque ha habido personajes de notable relieve y gestos colectivos de heroísmo ejemplar, en la vida cotidiana —que es donde se escenifica la realidad humana en acción— lo que ha venido imperando es una especie de medianía limitante y sofocante. </p><p>Y cuando tal tendencia se mantiene en el tiempo, se convierte inevitablemente en sensación de fatalidad, bajo el criterio de “así son las cosas”, con todos los frenos anímicos y conductuales que eso acarrea. No es de extrañar, entonces, que la autoestima nacional haya venido desactivándose y desdibujándose, y que los impulsos creadores tengan hoy tan poca vitalidad y tan escasas expresiones ejemplarizantes. </p><p>En la época del autoritarismo formalizado, que concluyó como tal allá en 1979, con el Golpe de Estado que, sin proponérselo así, cerró el período de la gerencia militar del sistema político en el país, la política se vivía en dos escenarios: hacia adentro de los cenáculos cerrados del poder, donde en verdad se decidía todo; y hacia afuera de dichos cenáculos, donde lo que se daba era un juego de apariencias. El inicio de la democratización vino a cambiar las cosas en ese ámbito. De pronto —porque no hubo preparación ni avanzada alguna para ello— las fuerzas políticas emergentes se vieron enfrentadas a la necesidad de competir de veras. En un principio, ARENA; y luego, cuando se convirtió en partido político luego del fin de la guerra, el FMLN. Ambos, formaciones surgidas en el aura del conflicto, para competir después de él.</p><p>Han transcurrido más de 20 años desde que la posguerra transicional inició su curso en el país. En estos 20 años muchas cosas han cambiado, y no todas para bien. Pero los partidos políticos parecen estacionados en sus respectivos parqueos históricos, sin atreverse a salir de los mismos. Dan vueltas adentro, en circulación estrictamente restringida. Esto, evidentemente, es un signo de mediocridad histórica, que ya no es sostenible. </p><p>La ciudadanía mantiene fuertes y robustos a los partidos principales, justamente para que se decidan a salir a los espacios abiertos de la modernización nacional, que ellos tendrían que abanderar. Lo que la realidad les está pidiendo en estos momentos es creatividad, valor civil, inspiración renovadora, racionalidad consistente. Es decir, se les pide estar a tono con los ritmos y los horizontes de los tiempos.</p><p>Hasta el momento, ni siquiera se han avenido a contar con un marco legal que establezca las bases de su comportamiento como fuerzas representativas. Se habla y se habla de una ley de partidos políticos, pero nunca se llega a concretar nada. </p><p>Eso sería un buen comienzo, aunque el imperativo tiene trasfondos mucho más profundos, en la entraña de la conciencia nacional. Es la política como tal la que debe ser replanteada. Ya no es ni puede ser apariencia, como lo fue en las épocas en que el poder se manejaba restrictivamente por su cuenta y al servicio directo de los que lo detentaban: hoy tiene que ser competencia real y abierta, transparente y escrutable, con todo lo que eso significa en el seno del fenómeno real, que es donde convive y se mueve el legítimo depositario del poder, que es el ciudadano. </p><p>Ahora mismo estamos en una coyuntura política y partidaria muy especial, de cara a las presidenciales de 2014. Los partidos y sus dirigencias están bajo el ojo público. Lo que decidan los retrata, para bien o para mal. Dentro de muy poco, y por las decisiones que surjan o que se dibujen a trasluz, se podrán hacer las valoraciones respectivas. La pregunta más sensible es: ¿Serán capaces los partidos y sus dirigencias de zafarse de sus viejas camisas de fuerza para tener la agilidad de movimientos que el juego está hoy demandando? </p><p>&nbsp;</p>

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