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Hay que tomar debida conciencia de lo que hemos vivido históricamente para lograr entender lo que estamos viviendo hoy

Lo que nos toca es vernos directamente y sin tapujos en el espejo de lo que somos, de lo que necesitamos y de lo que anhelamos, para construir con esas imágenes la hoja de ruta hacia adelante.
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El presente actual nos abruma a los salvadoreños casi en todos los sentidos posibles, y es como si a diario nos cayera una avalancha de riesgos, de peligros y de desgracias que pareciera no tener fin. Los hechos son suficientemente dramáticos para no necesitar énfasis adicionales, y dicho dramatismo se manifiesta a cada paso con una reiteración que ya adquirió naturaleza de epidemia. Se habla de que las noticias deben ser cautelosas al dar a conocer lo que sucede, para no alarmar o angustiar más de la cuenta a quienes las reciben a diario; pero hay que reconocer, para no querer inducir malabarismos encubridores, que la gente sabe lo que pasa y lo sufre sin disimulos posibles, y aquí está el quid de la cuestión: es lo que ocurre lo que hay que controlar por todos los medios que la institucionalidad y la sociedad tienen a su alcance.

Entre los fenómenos más acuciantes de esta etapa que vivimos en el país, el fenómeno de la violencia organizada es sin duda el primero en la lista por los efectos devastadores que produce en el vivir cotidiano de todos. Y entonces hay que seguirle la pista a la violencia en el tiempo. Al hacer tan indagación analítica resulta todo un mosaico de realidades violentas en fila: la violencia política, la violencia bélica y la violencia social, en orden cronológico. ¿Significa eso, como muchos creen y sostienen, que la sociedad salvadoreña es violenta por condición propia? Muy difícilmente se podría sustentar semejante afirmación, aunque los hechos pudieran darle argumentos de sostén. Lo cierto es que lo que sí hay y ha habido son factores que inducen a violentar los hechos, conforme a las condiciones de cada momento histórico.

Durante larguísimo tiempo en el pasado, la política práctica fue en el país un juego controlado autoritaria y arbitrariamente por el poder; es decir, estaba vigente, cada vez con menos límites y escrúpulos, la voluntad de mando frente al casi inexistente accionar ciudadano. Eso produjo un resultado de exclusión que fue el caldo de cultivo de la violencia de choque entre el poder establecido y el emergente poder de recambio. Así llegó la guerra, con su carga de violencia armada en el terreno. La guerra tuvo causas políticas, pero desarrolló su propia forma de violencia, que al final se esfumó como tal en el Acuerdo de Paz. Pero paz en el sentido psicosocial y sociopolítico no podía surgir mecánicamente, porque las condiciones estructurales de toda índole permanecían atrapadas en sus férreos desajustes acumulados.

Cuando la guerra terminó, muchos creyeron superficialmente que vendría una era de normalidad automática. Tal idealización era irreal, porque quedaban vivos los semilleros de una violencia con arraigos más profundos: la violencia social. No es casual, entonces, que casi inmediatamente después de concluido el conflicto se activaran dinámicas distintas pero en muchos sentidos convergentes: el surgimiento de los primeros signos de organización pandilleril, el auge del crimen organizado con la línea principal del narcotráfico y la caudalosa corriente de la emigración hacia el Norte. Todo eso se dejó estar en sus comienzos, como si no tuviera la gran trascendencia que tiene para el destino nacional, y sólo empezó a ser advertido ya cuando los efectos y las metástasis eran inesquivables. Cada uno de esos elementos tiene vida propia, que también hay que distinguir.

Hoy estamos enfrentando esa violencia de amplias raíces estructurales y lo que se impone, pese a que haya tantas resistencias a reconocerlo y a aceptarlo, es tomar la realidad en serio, con todos los desafíos y compromisos que eso trae consigo. Por lo que se ve en los hechos diarios, los liderazgos políticos nacionales son los más reacios a ello, y hoy los ciudadanos tenemos una doble oportunidad para hacerles sentir a dichos liderazgos que si no actúan como les corresponde tendrán que cargar con las consecuencias previsibles. Esa doble oportunidad son las elecciones de 2018 y de 2019. Lo que saldrá de las urnas en ambos eventos tendrá, sin duda, un impacto perceptible en la suerte del proceso nacional, y lo que esperamos sinceramente es que dicho impacto sea para bien, con independencia de las líneas ideológicas en pugna.

Los salvadoreños tenemos que tomar mucho más en serio nuestra condición de tales, tanto en lo positivo como en lo negativo. La realidad nos demuestra, con elocuencia cada vez más lacerante, que la actitud del avestruz no sólo es cobarde sino también contraproducente. Lo que nos toca es vernos directamente y sin tapujos en el espejo de lo que somos, de lo que necesitamos y de lo que anhelamos, para construir con esas imágenes la hoja de ruta hacia adelante. Sólo el conocimiento veraz y sincero de lo propio nos dará impulso para definir el rumbo correcto.
 

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  • violencia
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