Hay serios problemas de crecimiento y eso no se puede tapar con el dedo

Lo que más debería importarnos y comprometernos a todos es la búsqueda de salidas al estancamiento económico y a la creciente insostenibilidad del financiamiento público.
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Entes como el Fondo Monetario Internacional y como el Consejo Monetario Centroamericano ubican a El Salvador como el país con el más bajo desempeño económico en la subregión centroamericana, y no desde hoy sino desde hace varios años; en concreto, desde 2006. Y esto se refleja en otros datos negativos, como el incremento de la pobreza en nuestro ambiente. Todo esto, desde luego, despierta crispaciones de toda índole, como estamos viendo en relación con las cifras sobre la subida del número de pobres. Y es que, como se ve prácticamente en todas partes, lo bueno cada quien quiere atribuírselo, y en cambio lo malo se les achaca a los demás.

Lo cierto, más allá de los dimes y diretes, de los gestos airados y de los análisis interesados, es que estamos en problemas, y tales problemas no se resuelven con palabras, sino con hechos. Hay que partir, en todo caso, de que los aludidos problemas son en su base de orden estructural, porque corresponden a formas erradas de organización tanto en lo social como en lo económico. Socialmente, persisten los esquemas de marginación, pese a toda la retórica que está en boga al respecto; y económicamente, padecemos las distorsiones derivadas de haber descuidado la economía productiva, que nos han vuelto cada vez más dependientes de las remesas y del endeudamiento.

Puntos vitales como la inseguridad delincuencial, el constante choque político y la incertidumbre sobre lo que podría traer la gestión gubernamental que viene son sin duda factores que inciden negativamente en las posibilidades de inversión y de crecimiento. En cuanto a la inseguridad derivada del auge delincuencial, lo que se impone es institucionalizar definitivamente las iniciativas de control de la delincuencia, haciendo que, a la par, los entes responsables vayan perfeccionando cada vez más su accionar. Es a la vez cuestión de presentar resultados y de hacer que dichos resultados impacten positivamente en las diversas iniciativas de desarrollo.

El constante choque político debe ser sustituido por una auténtica voluntad de enfrentar y hacer las cosas en común. Y ahora, en plena campaña presidencial, a los políticos les toca dar ejemplo de mesura propositiva y de tolerancia interactiva. Sorprende, por ejemplo, que el candidato presidencial del FMLN diga que al Presidente de la ANEP hay que ponerle “bozal”. ¿Cómo se pretende abrirle espacios a un intercambio que pueda ser productivo para el país si se parte de tan burdos irrespetos? Justamente lo que estamos necesitando es respeto generalizado, sin importar los colores o las posiciones. Eso es la democracia en vivo.

Lo que más debería importarnos y comprometernos a todos es la búsqueda de salidas al estancamiento económico y a la creciente insostenibilidad del financiamiento público. Temas como la productividad, la competitividad, el sistema de oportunidades y la seguridad en todos los órdenes tienen que ocupar los puestos principales de la agenda nacional, y no sólo en el plano declarativo, sino sobre todo en el ámbito de las iniciativas y en el horizonte de las perspectivas. Si los candidatos presidenciales no dan el ejemplo en este orden, estarán dejando de cumplir con la misión vital que el momento histórico les depara.

Esta campaña presidencial será más demandante que todas las campañas anteriores. La ciudadanía, sobre todo en sus niveles más conscientes, hace ya valoraciones sobre el comportamiento de los distintos aspirantes. Que ellos lo tengan en cuenta.

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