Hay un imperativo cada vez más urgente de generar dinámicas de entendimiento razonable en todos los ámbitos de la realidad nacional

Se tendría que impulsar cuanto antes en el país el compromiso generalizado de salir del hoyo negro de la conflictividad estéril para pasar a la lógica liberadora de los acuerdos sensatos y consistentes en todos los órdenes y niveles del fenómeno real. Y, como siempre, es en la política donde hay que producir las dinámicas que den la pauta.
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Todos los enfoques que se dirigen a conocer en concreto lo que está pasando actualmente en el país ponen en evidencia que lo que impera es un trastorno generalizado, que aunque tenga muy diversas expresiones y modalidades presenta un ingrediente básico común: la ausencia de una intercomunicación normal entre los sectores, los grupos, las entidades y los individuos que se mueven constantemente en el escenario de la realidad. Esto genera, en primer término, la inquietante y nociva sensación de que nada está funcionando bien, con los efectos desactivadores e inhabilitantes que eso trae consigo.

Los salvadoreños no tuvimos a lo largo de toda nuestra experiencia colectiva desde el surgimiento de nuestro país como sujeto con identidad propia una verdadera práctica de vida basada en la armonía social y en el manejo inteligente y constructivo de las diferencias; sin embargo cuando los desajustes estructurales condujeron al conflicto bélico interno se abrió una disyuntiva histórica: continuar profundizando la conflictividad en forma indefinida o abrirse a una nueva época, marcada por la búsqueda de equilibrios en todos los órdenes del quehacer nacional. La solución militar hubiera potenciado la primera opción; pero afortunadamente tuvo que llegar la solución política, y a partir de ella se abrieron las rutas para que la democracia avanzara con el protagonismo que le corresponde.

Esta apertura ha hecho que, desde hace ya un poco de 25 años, El Salvador esté abocado a la construcción de un nuevo esquema de relaciones entre los distintos actores nacionales, que desde luego no sólo son políticos sino también sociales, económicos y culturales. Y esto habría que iniciarlo de inmediato, como proyecto compartido sin excepciones, a fin de que el país no se siga quedando atrás frente a los desafíos de la plena democratización y de la ineludible modernización.

Se tendría que impulsar cuanto antes en el país el compromiso generalizado de salir del hoyo negro de la conflictividad estéril para pasar a la lógica liberadora de los acuerdos sensatos y consistentes en todos los órdenes y niveles del fenómeno real. Y, como siempre, es en la política donde hay que producir las dinámicas que den la pauta. Por desgracia, es justamente en el campo político donde los malos ejemplos proliferan al respecto. Y hemos llegado al punto en que las discordias y las disputas no sólo se dan entre fuerzas o grupos contrarios, sino también dentro de los mismos grupos o fuerzas, como se está viendo en estos días al interior del partido ARENA, donde los desacuerdos ocurridos en el proceso de selección de candidatos para las elecciones del próximo año han llevado a roces y rupturas internas. En este caso también se demuestra que la falta de mecanismos de entendimiento preventivo o curativo está produciendo efectos muy adversos.

Nuestros procesos institucionales están cambiando de manera constante, porque así lo demandan las necesidades modernizadoras. El funcionamiento de los partidos políticos se halla en la primera línea de ese cambio, y lo que habría que garantizar es que dicha progresión evolutiva se vaya realizando en forma pacífica y consistente. El estar en doble período de elecciones tan determinantes para la suerte del país complica por supuesto las cosas; y por ello los empeños racionalizadores tienen que ser atendidos e impulsados al máximo.
 

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