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Herencias que empobrecen

“Unidad, diálogo, consenso, respeto y tolerancia” son palabras que sobresalen en el mensaje presidencial con motivo de la celebración del 195 aniversario de nuestra independencia.
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Indirectamente, aluden las responsabilidades de una sociedad donde la solidaridad, la armonía, la justicia y la igualdad de oportunidades formen parte de un todo para la transformación integral del país. Esto involucra colmar las aspiraciones y esperanzas de muchos compatriotas, que nunca han encontrado un espacio para su redención.

El problema, como lo vemos muchos, es que mientras se hace una invocación a la conciencia y compromiso colectivos, permanentemente constatamos actitudes de quienes nos gobiernan, que no se condicen con lo que ellos esperan de la sociedad. Para el caso, uno puede entender las acciones gubernamentales y partidarias en procura de la consolidación de su proyecto, donde invariablemente el tema de la pobreza –que no es una preocupación exclusiva de la izquierda– les sirve de bandera hasta el punto de convertirla en un escenario para la lucha de clases. Pero en los hechos, este símbolo tiene como base la compra de voluntades, recursos inexistentes y el discurso disociador. Cuando fracasan, descargan toda su rabia en la irresponsabilidad fiscal de los empresarios.

El capitalismo se convierte así en el peor enemigo de su causa, pero se aprovechan del mismo cuando engorda sus bolsillos. En la misma tónica, erosionan la institucionalidad cuando esta estorba el logro de sus objetivos oscuros. Y esto quizás es lo más grave, porque deja en la población la sensación de que la democracia es gobernada por la ley de la selva.

Los constantes e injuriosos ataques contra la SC no pueden ser más elocuentes del divorcio entre lo que practican nuestros dirigentes con lo que esperan de la población. Su pecado es que haya abortado varios intentos –a través de las elecciones de segundo grado– de tomarse el Órgano Judicial, pedirle a los partidos rendir cuentas y, sobre todo, haber desenmascarado la corrupción al más alto nivel. Pero la saña contra esta ha llegado al extremo de responsabilizarla del aumento de la delincuencia, de la pobreza imperante y hasta de la crisis fiscal. De esto último hay un ejemplo claro, que no solo ilustra la perfidia del partido gobernante, sino la hipocresía y la irresponsabilidad extrema en que cae al atizar la desobediencia social, por problemas que ellos han creado.

“Entre la espada y la pared” titulamos una columna (15/06/15) en donde sintetizamos la gran responsabilidad que recaía la SC ante un recurso interpuesto por la ilegalidad en que cayó la AL, al aprobar una emisión de bonos por $900 millones, que si bien la necesitaba el gobierno, violentaba la Carta Magna y el debido proceso. La misma Sala, según trascendió, sugirió un nuevo decreto para solventar las irregularidades del primero, pero los destinatarios optaron por poner en práctica aquel dicho popular “este macho es mi mula”. Esto equivale a decir: la Sala nos vale. Ese esperpento fue declarado inconstitucional pero el gobierno sigue reivindicando su postura inicial, culpándola de haber puesto al país a las puertas de un default. Hoy el partido ha echado a la calle a sus huestes contra los magistrados, amenazándolos y acusándolos de traición y hasta de estar aliados con la delincuencia. Y proviniendo de la AL, con desacatos incluidos. Por ello suscribimos totalmente la denuncia de FUSADES, IIDC y el CEJ para que dejen de acosar a la Sala.

La actitud frente al caso Funes es un extremo que ofende hasta el alma más generosa, al poner en evidencia su falta de compromiso con la justicia, que para ellos solo debe aplicarse a los adversarios políticos. Ahora el chompipe de la fiesta también es el fiscal Meléndez, por combatir la corrupción generalizada y la impunidad, así tengan relación con un proyecto viciado de Ley de Probidad, la LACAP o con delitos penales. Buena herencia de honestidad y ética política les estamos dejando a las futuras generaciones.

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  • economia
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