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Hielo de colores

A las 12:30 p. m. Virgilio Fuentes no almorzó, le quitó llave al carretón de minutas encadenado a un árbol a la orilla de la calle enfrente del colegio, donde también trabaja de ordenanza.
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Un concierto desafinado de voces y gritos de niños inundó el lugar. La hora de volver a casa había llegado, una jornada educativa y el agobiante calor de la ciudad demandaban hielo pintado de colores y sabores.

Virgilio es un hombre de casi medio siglo de edad, sus huesudas y desgastadas manos raspan la espalda de una maqueta de hielo para convertirlo en granizo, que luego coloreado y endulzado simulará bajar el calor que hace sudar a los chicos quienes apuran al “Chele”, como es conocido el minutero, para que les despache con urgencia antes que les deje el microbús que les conducirá a casa.

Una hora después el silencio y la soledad toman control de la zona, que se parecen mucho a las sensaciones que Virgilio experimentó unos 10 años atrás cuando su esposa murió de cáncer y le dejó solo con sus dos hijos –una niña de 9 y un niño de 7– quienes serían testigos del arte de convertir el hielo insípido, sin color, ni olor en una esperanza pintada que calma el calor y que su padre ejecutaría para construirles un futuro de roca firme y no de agua.

El hombre de la minuta, el “Chele” o Virgilio como sea que le llamen, ya no es el mismo que llegó a la capital hace 29 años y que dejó su parentela y ninguna propiedad en el oriente del país. Cuando arribó a la ciudad no podía leer, ni escribir, y sus bolsillos estaban más vacíos que una escuela sin maestros, ni alumnos. Desde entonces mucho hielo se ha derretido en sus manos.

Cuando su esposa fue vencida por el cáncer, él no se dio por vencido y se transformó en padre-madre de dos muchachos que han caminado junto al carretón y a veces lo han tenido que empujar con sus deberes bajo el brazo y con el otro raspando para hacer más minutas y no dejar que los sueños se derritan, ni se conviertan en agua que corre sin sentido y así han llegado lejos. En la comunidad donde viven saben de ellos. La chica tiene 19 años y segundo año de mercadeo en la universidad; y el muchacho pronto será bachiller.

El padre sigue empujando el carretón de minutas, pelando mangos, limpiando un colegio y es vigilante los domingos en una iglesia, donde aprovecha para renovar sus fuerzas espirituales, esas en la que pone toda su fe de que un día las cosas serán diferentes.

Su calzado se ha desgastado una y otra vez; a las llantas de su carretón a veces se les ha terminado la grasa y el rodaje se ha endurecido; en los días de frío el hielo se ha vuelto más duro; en otros tiempos la nostalgia ha comprado la alegría y las noches de vigilante le han recordado la soledad. Pero en medio de todo él sabe que el sol saldrá tarde o temprano y entonces alguien tendrá calor y él una esperanza para seguir empujando el carretón.

La vida en El Salvador puede haberse convertido en una maqueta de hielo sin forma, que se derrite frente a nuestros ojos, pero siempre habrá salvadoreños que le darán forma, sabor y color, pese a un sol inclemente que hace sudar, que nos agobia y que parece ahogarnos de sed; pero siempre habrá una campana que anuncia las minutas, como mensajero que trae una Palabra nueva y de Paz.
 

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