¿Hijos nuestros o del mundo?

A veces recuerdo cuando era una niña, incluso cuando era una adolescente, y me sorprendo lo que en pocas décadas ha avanzado el mundo en tecnología, en medicina, en la ciencia, etcétera.
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Sin embargo me pregunto ¿tanto avance ha sido en beneficio de la humanidad? ¿Estamos creando un mundo mejor para las nuevas generaciones y las venideras?

Y al contestarme estas preguntas, me doy cuenta de que algo no cuadra, que no hay coherencia con lo que queremos enseñarle a nuestros hijos, que se ha desvirtuado totalmente la persona y los principios de hoy en día “son relativos”.

La vida nos está llevando por caminos equivocados, el libertinaje ha triunfado sobre la libertad, la presión del ambiente y otros factores están influyendo tanto en nosotros y nos van cambiando de tal manera que nos vamos arruinando. Cuando no hay un límite, solo el de la supervivencia, si no hay un bien y un mal y todo da igual, si no se trabaja en la dimensión trascendental de la persona, esta se va autodestruyendo.

Conociendo el bien y el mal, yo puedo elegir, y eligiendo el bien, yo me puedo construir más, y esos límites me favorecen a mí. Hay algo que va con mi naturaleza, unas pautas a seguir, entonces caemos en la cuenta que todo lo que se desvía del orden natural que está impreso en nuestro ser daña al hombre y por ende a la humanidad.

Tomando en cuenta la responsabilidad que tenemos en la educación de nuestros hijos, recuerdo unas palabras que escuché en el discurso de graduación de mi hijo mayor, que se quedaron grabadas en mi memoria. Era el escrito del mensaje de un padre de familia, que le dirigía a su hijo en el momento que volaba de casa a seguir sus estudios universitarios. Momentos muy duros para cualquier padre de familia, en los que quisiéramos alargar cada minuto y transmitirles todo el amor y los consejos para toda su vida. Decía así:

Hijo:

Te di la vida, pero no puedo vivirla por ti.

Puedo enseñarte muchas cosas, pero no puedo obligarte a aprender.

Puedo dirigirte, pero no responsabilizarme por lo que haces.

Puedo instruirte en lo malo y lo bueno, pero no puedo decidir por ti.

Puedo darte amor, pero no puedo obligarte a aceptarlo.

Puedo enseñarte a compartir, pero no puedo forzarte a hacerlo.

Queridísimo Hijo:

Puedo hablarte del respeto, pero no te puedo exigir que seas respetuoso.

Puedo aconsejarte de las buenas amistades, pero no puedo escogértelas.

Puedo educarte acerca del sexo, pero no puedo mantenerte puro.

Puedo platicarte acerca de la vida, pero no puedo edificarte una reputación.

Puedo decirte que el licor es peligroso, pero no puedo decir NO por ti.

Puedo advertirte acerca de las drogas, pero no puedo evitar que las uses.

Puedo exhortarte a tener metas altas, pero no puedo alcanzarlas por ti.

Puedo enseñarte acerca de la bondad, pero no puedo obligarte a ser bondadoso.

Puedo amonestarte en cuanto al pecado, pero no puedo hacerte una persona moral.

Puedo explicarte cómo vivir, pero no puedo darte la vida eterna.

Puedes estar seguro de que me esforzaré hasta el máximo por darte lo mejor de mí... ¡¡¡Porque te quiero!!!

Pero lo que hagas de tu vida dependerá de ti... Aun cuando siempre esté junto a ti, las decisiones las tomarás tú. Solo le pido a Dios que te ilumine para que tomes las correctas.

Hijito: La vida es un regalo que Dios nos hace y la forma que vivas tu vida es el regalo que tú le haces a Dios.

Termino con una frase para meditar: “No pensemos qué clase de mundo recibirán nuestros hijos, sino qué clase de hijos daremos nosotros al mundo”.

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  • humanidad
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