Hipocresía, chantaje y sospecha

El video dado a conocer por el periódico digital El Faro en el que aparecen dos personajes pertenecientes al partido ARENA
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El video dado a conocer por el periódico digital El Faro en el que aparecen dos personajes pertenecientes al partido ARENA intercambiando puntos de vista con voceros de pandillas, a las puertas de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2014, ha despertado mucha preocupación en la ciudadanía, porque no puede ser calificado como un simple episodio en la cada vez más complicada situación que afecta a los salvadoreños. De hecho, las circunstancias que rodean el caso dan pie para pensar que la misma democracia ha recibido otro contundente golpe, al afectar las aspiraciones de la mayoría de vivir en paz, en un país de leyes y con la esperanza de un futuro mejor.

Ayer fue la tregua, gestada, avalada y patrocinada por el gobierno anterior; todo a espaldas de la ciudadanía. En retrospectiva, y aparte las tácticas utilizadas para engañar y confundir a la población, la conclusión es que la misma solo dio como resultado el fortalecimiento de los grupos delictivos que supuestamente se pretendía redimir. Al abrir este flanco y concluir erróneamente que la jugada funcionaba –de cara a un evento electoral cuyos resultados aparentemente dependían de los dictados de grupos pandilleriles– se activó otra estrategia de acercamiento con ellos, sin parar mientes en que con ello no solo se estaba actuando con doble moral, sino empoderando, igual que la administración Funes, a grupos que operan al margen de la ley y cuyo objetivo, según se dice, es convertirse en una fuerza capaz de definir el curso de la política en el país.

Es en este punto donde se pone en evidencia la perversidad que rodea la política criolla y el estado de indefensión total en que ha caído la ciudadanía. Y esto, porque los adversarios más visibles –algunos de ellos con el favor de sus satélites– se comportan de una manera cada vez más descarada y cínica para contrarrestar sus propias debilidades, así sea arrodillándose y haciendo concesiones a enemigos sociales que van ganando terreno por sus propias fuerzas o por las debilidades que exhibe el sistema. Esto convierte a buena parte de la clase política en cómplice, cuando no en responsable directo del caos que vive el país en todos los órdenes. Claro, siempre saldrán argumentos como aquel que “yo no fui” o “como los otros lo hicieron, yo también tengo derecho a hacerlo”.

Lo que también resulta relevante es que el más reciente destape de El Faro se da en un momento en que al gobierno le llueve sobre mojado. Temas como la reforma previsional, el incremento brutal de la delincuencia, el cuestionado aumento del salario mínimo, los conatos de insubordinación en la fuerza pública, la complacencia y hasta la actitud de alcahuetería para blindar actos grotescos de corrupción a través de la aprobación de un adefesio de Ley de Probidad, la desaparición de archivos secretos en CAPRES, el inoportuno periplo del presidente a Venezuela, la crisis fiscal, las frecuentes y desafortunadas declaraciones públicas de altos funcionarios en torno a temas sensibles como la dolarización, la irresponsabilidad con que se siguen manejando los recursos públicos, entre otros ejemplos, levantan sospechas sobre quiénes están en realidad detrás de dicha revelación.

Como quiera que sea, poner al descubierto las actuaciones de dos personajes del principal partido de oposición y como corolario darle al gobierno y al partido en el poder un arma distractora de los graves problemas que agobian al país es un tema discutible. Al final del día, los involucrados pueden resultar como simples mensajeros involucrados en una trama de mayores dimensiones que rondaría la obscenidad, de confirmarse los rumores que todo responde a las luchas internas en el mismo partido, lo que debilitaría más su imagen como opción democrática. Aun así, siempre quedará en el ambiente un espacio para la especulación y la sospecha sobre quién ha sido en definitiva el artífice del tantas veces repetido destape. Lo que tampoco es descartable es que el caso se diluya en el nauseabundo entramado de la política. Siendo así, en el imaginario colectivo se afianzará la sensación de que estamos en el peor de los mundos.

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