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Historias que despiertan: “Natán el sabio”

En la temporada 2016 del Teatro Luis Poma –Acto 2– se está presentando la obra “Natán el sabio”, dirigida magistralmente por Roberto Salomón y Eric Bass; un trabajo coproducido con la participación de Sandglass Theater de Vermont (EUA), en la cual intervienen actores y títeres. La obra fue escrita por Gottfried Ephraín Lessing (1779).
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Lo primero que quisiera destacar –no sin antes invitar a los lectores a que vayan a ver esta obra– es la calidad artística del trabajo de dirección, escenografía, musicalización y sobre todo la impresionante actuación de Dinora Alfaro, Alejandra Nolasco, Naara Salomón, Pechán Osorio, Viktorio Godoy, Óscar Guardado, Dinora Alfaro y Fernando Rodríguez. Una mención especial para otros colaboradores tras bambalinas: Alejandro Córdova, Jana Zeller, David Regan, Inés Zeller Bass, Scott Ainslie, Didine Ángel y César Noé González. Este elenco maravilloso logra un efecto peculiar en los espectadores: generar momentos ciertamente alucinantes entre las voces de los actores con los movimientos de los títeres... sigues al actor o a su voz y repentinamente tu mirada está clavada en los gestos delicados de los títeres. Algo así como estar jugando epistemológicamente con los significados y significantes...

La obra de Lessing “Natán el sabio”, escrita en plena ilustración y desde un “cristianismo razonable” versa sobre la tolerancia y el relativismo absolutista o fundamentalista de las religiones históricas: Judaísmo, Islam y Cristianismo; en efecto, es en la Ilustración cuando la razón se abre paso en medio de los dogmatismos teológicos del Medioevo, desplazando los aparatos inquisidores, y disminuyendo los absurdos tapiales de la “religión” que incluso se anteponían a la “fe”.

Ser judío, musulmán o cristiano –sobre todo en Oriente Medio, era y quizás sigue siendo para pocos– un asunto para delimitar relaciones y establecer barreras; y es aquí donde Lessing crea un verdadero embrollo de relaciones entre los personajes, que al final se van simplificando con base en la razón, el sentido común y la conveniencia, para concluir con un mensaje ecuménico de tolerancia.

Esta obra puede ser un buen “espejo” de muchas circunstancias contemporáneas: a) la guerra en El Salvador: ¿cuántos no tenían familiares o amigos en la izquierda o en la derecha?; b) el racismo en Estados Unidos: ¿serán todos los latinos criminales o aprovechados?; o c) el conflicto de las pandillas: Seguramente muchos tienen familia o amigos en la MS 13 o en el Barrio 18... Pues con Lessing 200 años más tarde debemos seguir derrumbando muros del absurdo y del fanatismo...

La obra presenta algunos rasgos sutiles que cada quien puede identificar y vivir su propia experiencia; particularmente me atrapó: a) el personaje “Daya” (Dinora Alfaro), que representa a una simpática y contemporánea trabajadora del servicio doméstico que lo sabe todo...; b) la música; c) las voces de Rhea (Alejandra Nolasco), Natán (Naara Salomón) y el Templario (Pechán Osorio); d) el Patriarca (Fernando Rodríguez) quien con un aire sacro y litúrgico pontifica o define la axiología; y d) los movimientos en escena de Saladino (Óscar Guardado), el Fraile (Victorio Godoy).

¡¡¡Hay que ir al teatro!!!, se aprende, se disfruta, se reflexiona, se divierte y se crean momentos culturales personales que te hacen crecer como ser humano. Debemos llevar a los niños y niñas al teatro, para crear este hábito –junto con la lectura– fundamental para la vida y para una sociedad mejor. Debemos felicitar a Roberto Salomón por jalonar estos procesos, incluso haciendo el intento de yuxtaponer artes plásticas con artes escénicas (que tradicionalmente transitan por caminos distintos), ya que en la antesala del Teatro Luis Poma el visitante podrá disfrutar muestras de artistas jóvenes, para “ingresar a la sala ya anestesiado”. Brillante, Robbie, y gracias por tu trabajo.

Tags:

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