Homenaje natural

Estamos en mayo, mes en que van haciéndose previsibles cada año las cosechas de estación. El campo en estos días tiene normalmente un vigor que deslumbra por su energía y su colorido.
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Las lluvias emergentes hacen lo suyo, y la tierra las recibe como el mejor augurio de lo que vendrá. Pese a todos los estragos que padece el medio ambiente, El Salvador sigue siendo un emporio de los verdes naturales, y esa es una de las tantas cosas que los salvadoreños nos damos el triste lujo de ignorar. No me cansaré de recordar con venturosa nostalgia lo que sentía por estos días allá en mi infancia campesina. Sobre el tejado de la casa de habitación, que en verdad era una especie de galera de adobe sobre un pliegue excavado en el pequeño cerro, las tormentas sonaban como conciertos anhelantes. Al día siguiente, todo el entorno natural parecía querer envolverse en sábanas de neblina, pero el Sol ingresaba como Pedro por su casa. Desde mayo hasta octubre, la presencia de la lluvia era lo espontáneo en el aire. Y, como disciplina infaltable, dos temporales que duraban varios días se hacían presentes uno en junio y otro en septiembre. Ya para concluir su jornada, el invierno enviaba otro mensaje: el día de San Francisco de Asís, 4 de octubre por la tarde, llegaba el llamado Cordonazo de San Francisco, una borrasca pasajera con fulgor de despedida. Hoy mucho de aquello ha dejado de existir, o, al menos, ha dejado de ser percibido como tal. Vivimos una especie de autismo en todos los órdenes. Y por eso hacer remembranzas entrañables es una forma de invitación a recoger los efluvios de lo vivido. Gracias, mayo, por estar aquí como siempre, pese a que en tantos sentidos no lo parezca. Qué grata es tu evocadora compañía.
 

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