Hoy, como nunca antes, las nuevas generaciones tienen a su disposición un complejo mosaico de oportunidades

Cuando se habla del mundo actual la imagen que primero aparece es la de un torbellino de incongruencias que están fuera de control.

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David Escobar Galindo

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Y tal sensación se ha agudizado por la explosiva expansión de las comunicaciones virtuales, que hace que tengamos a la mano, a cada minuto, lo que pasa en todas partes, independientemente del lugar en que estemos. Los que tenemos edad para ello recordamos, como si fuera una fantasía al revés, los tiempos en que el teléfono fijo era privilegio de unos pocos y en que cuando se viajaba la única forma de comunicarse era por carta o, a lo más, por medio de un escuetísimo cable. Hoy, el derrame de las noticias es una catarata sin fin, con salpicaduras casi siempre alarmantes. Pero esta también es una pista para alzar vuelo sin límites.

El tema de las emigraciones ha ganado en estos años un protagonismo sin precedentes, con muchos matices que con frecuencia se vuelven focos de alta tensión, como vemos en el caso de los migrantes del Medio Oriente y de África hacia Europa y en el caso de los migrantes mexicanos y centroamericanos hacia Estados Unidos. Hay variados factores de inseguridad que detonan el fenómeno, pero también los imanes del desarrollo están mucho más activos por la progresiva disolución de fronteras. Todo esto es un reto tanto para los países de origen como para los países de destino. Y es que administrar realidades, desafíos y oportunidades siempre es tarea muy demandante, que requiere compromisos de la más diversa índole.

En nuestro país nunca se ha hecho lo necesario para contar con una cultura de autorrealización que funcione en el ambiente, y no debido a falta de interés por parte de los potenciales gestores de destino personal, como puede verse ahora mismo en el auge que han tomado las dinámicas del emprendimiento entre nuestros jóvenes. La gran mayoría de los salvadoreños quieren encontrar rutas para el encauzamiento constructivo de sus propias vidas, y esto se constata con esas dos realidades que acabamos de mencionar: la emigración para mejorar a punta de esfuerzos y aun de sacrificios, y la proliferación de los emprendimientos productivos que muestran una gama cada vez más amplia. Se trata de energías en constante movimiento, que tienen que vérselas a diario con realidades que ponen a prueba la determinación y la voluntad.

Tanto en el caso de los migrantes como en el caso de los emprendedores, lo que se pone más en evidencia es justamente eso: la determinación y la voluntad de los salvadoreños de siempre, que han sabido luchar contra las adversidades y encarar los desafíos con visión y con persistencia. La vida en el país nunca ha sido fácil, pero eso no nos ha hecho “tirar la toalla” en ningún momento. Y quizás el mejor ejemplo de ello fue lo que pasó durante la guerra interna, que apuntaba a ser una ruptura irreversible y acabó siendo una plataforma de unificación democrática. ¿Y quién fue el promotor espontáneo de ello? Fue el pueblo salvadoreño, que sufrió el desgarramiento y no se amilanó ante los desgarradores. Y hoy ese mismo pueblo es el que demanda, con creciente insistencia, que haya democracia en serio y pacificación real.

Para que eso se dé hay que despejar las rutas del progreso y sanear los espacios de la convivencia. En este momento nacional y global las oportunidades proliferan, y habría que apartar todas las malezas que impiden su aprovechamiento efectivo. Como decíamos hace un instante: la vida en el país nunca ha sido fácil, y las complejidades del presente lo reiteran sin evasivas ni disimulos. Las nuevas generaciones tienen ahora la palabra. Confiemos en ellas para remodelar el presente y redimensionar el futuro.

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