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Hoy en el jardín

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El mundo vegetal tiene vida propia y de seguro también conciencia propia. Esta parece una frase puramente imaginativa, que no congenia con la realidad; pero basta con entrar en contacto comprensivo con los árboles y con las pequeñas plantas para entender que no estamos ante lo inanimado.

La primera sensación que tuve de ello se me dio en aquel bosquecillo de morros en el límite norte de la hacienda Jiboa, que era propiedad de mi padrastro, y a la que íbamos con frecuencia, en la orilla norte del río Lempa y en la ruta hacia Nueva Concepción. Los morros tupidos se poblaban de orquídeas silvestres, y el ambiente parecía –al menos a mí me parecía– una capilla entrañablemente natural.

Algunos años después, los árboles volvieron a revelarme con intensidad envolvente su presencia conectiva: fue en el Bois de Boulogne parisino, cerca de la localidad de Boulogne-Billancourt, en la que yo viví unos meses otoñales de mi adolescencia inicial. He tenido toda la vida una afinidad espontánea con los bosques, y a largo de la experiencia vital eso se me ha ido volviendo cada día más vivificante.

A estas alturas, la sensación del bosque fraterno es parte de mi cotidianidad, y eso lo vivo a diario en el contacto inmediato con el jardín que me rodea, en el que hay árboles, arbustos y flores en convivencia perfecta. Y como para que no se me olviden los orígenes, en uno de los extremos se levanta un morro que parece primo hermano de todos aquellos que vivían en la remota Jiboa. Me desplazo cotidianamente entre los ramajes y las floraciones para sentir la humanidad compartida. Avivamiento supremo.

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