Hoy más que nunca necesitamos asegurar en el país la armoniosa convivencia

En días como estos hay que promover, desde el interior de cada quien y en todas las formas posibles de interacción social, los valores que más contribuyen a asegurar una convivencia sana y pacífica, como son la armonía, la tolerancia, la solidaridad, la compasión y el respeto.
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En estos días decembrinos se aviva cada año ese hálito espiritual que es tan propio de la recordación navideña. Nada puede ser más inspirador y reconfortante que hacerse partícipe del espíritu que trae consigo la Natividad del Señor, que es siempre un mensaje de vida en el más puro sentido del término. Los salvadoreños hemos celebrado tradicionalmente el misterio de la Navidad con una mezcla de recogimiento familiar y de alegría comunitaria; pero en los tiempos más recientes las circunstancias que se han apoderado del diario vivir en el ambiente han hecho que haya giros desactivadores del fenómeno tal como antes se experimentaba, y aquí hablamos específicamente del consumismo avasallador y de la inseguridad galopante.

Sin embargo, la necesidad de insumos espirituales y de estímulos regeneradores se sigue haciendo sentir, porque por más que las condiciones reales estén tan contaminadas de materialismo y de virus destructores, la naturaleza humana no deja de estar presente, y así constantemente nos recuerda que los seres humanos tenemos esencia indestructible y que lo espiritual nunca dejará de ser parte de nuestro ser. Esto hay que reconocerlo y recalcarlo siempre, porque hay ahí una vía directa hacia las realizaciones humanas superiores, que en todo momento están a la mano de todos, con independencia de los distingos que se puedan hacer en cuanto a procedencia social y a posibilidades económicas.

La Navidad, pues, con toda su magnificencia de símbolos inspiradores, es cada año una oportunidad muy especial para reforzar los vínculos positivos en un ambiente que sufre crecientes deterioros y distorsiones. En días como estos hay que promover, desde el interior de cada quien y en todas las formas posibles de interacción social, los valores que más contribuyen a asegurar una convivencia sana y pacífica, como son la armonía, la tolerancia, la solidaridad, la compasión y el respeto. La Navidad es el escenario perfecto para poner de relieve todo lo noble y bueno que hay potencialmente en cada persona. Y de ahí debe reavivarse el compromiso de que la sociedad en su conjunto se vaya convirtiendo en el espacio ideal para que el ser humano pueda cumplir su destino natural.

Los salvadoreños estamos atosigados de angustias, de malestares y de insatisfacciones; y sin dejar de reconocer que mucho de lo anterior es respuesta legítima a las realidades que nos aquejan, hay que hacer valer también, y por encima de todo, la fuerza de la esperanza. Y en esto la Navidad también es un ejemplo insuperable, porque se trata de un milagro que se escenifica humanamente en las condiciones más adversas. Dios nos presenta una maravillosa lección de vida servicial y trascendental a la vez.

Los salvadoreños necesitamos rehabilitar con urgencia nuestra forma de ser y de proceder, tanto en lo personal como en lo social. La corrección de rumbo de la que se habla reiteradamente en las encuestas de opinión debe comenzar, entonces, en los espacios humanos, porque sólo si la vida misma se regenera es posible regenerar la convivencia. Reflexionémoslo así en estas fechas tan propicias y tan animadoras, para posibilitar que las voluntades vayan convergiendo hacia lo positivo y hacia lo constructivo, que es donde está siempre lo mejor. Esa sería, sin duda, nuestra mejor forma de celebrar la Navidad.

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