Hoy se saltó la tranca

En un lenguaje menos prosaico, acaso el título de esta columna debería ser “Cruzó el charco”, por el simbolismo que entraña. Como se sabe, este es un decir muy nuestro que alude a aquellas personas que cruzan el Atlántico generalmente para hacer turismo y conocer otras culturas. Maduro también lo hizo recientemente, pero no físicamente, ni para mejorar su acervo cultural, que tanto lo necesita, sino para amenazar a extraños.
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Deliberadamente obviamos un término muy usual, como el que cabría en otras circunstancias, “se pasó de la raya”, porque las denuncias constantes del gobernante sobre la guerra económica, los supuestos golpes de Estado fraguados por la oposición “fascista” (calificativo que más bien se ajusta como anillo al dedo a su gobierno), la negación constante de las penurias que sufre el noble pueblo venezolano –entre otros desvaríos– son, en ausencia del producto verdadero, el pan de cada día. Claro, el secuestro brutal del alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, es otra historia.

Hablamos del hecho más absurdo de los últimos días, el cual es su petición al presidente del gobierno español y a reconocidas empresas –concretamente: Telefónica, Repsol, BBVA, MAFRE, Iberia, Air Europa y Meliá– para que presionen a los medios de ese país, particularmente a ABC, a fin de que paren los supuestos ataques de desprestigio contra su gobierno, so riesgo de ser expropiadas. Ignora así, que no son solo esos medios los que retoman los señalamientos de corrupción, narcotráfico, violación de los derechos humanos, desabastecimiento, hiperinflación, depreciación brutal del bolívar, de los altos índices delincuenciales y de la gran cantidad de detenidos en las ergástulas del régimen, solo por reivindicar la democracia y el cambio de rumbo económico del país. El caso de Leopoldo López no puede ser más emblemático.

Pero lo más aberrante es que también les pide su intervención para que dejen de atacar a “Podemos”, un movimiento de izquierda liderado por el profesor universitario Pablo Iglesias. Como se sabe, este último ha cobrado notoriedad en el último año, al punto de haberse convertido en partido cuyo objetivo final, según sus palabras, es la capitulación de la social democracia en Europa. El reciente triunfo del partido Syriza en Grecia –liderado por su compañero de viaje, Alexis Tsipras– ha catapultado más la figura de Iglesias y “Podemos”.

Las peticiones de Maduro equivaldrían a que el presidente salvadoreño le solicite a su homólogo guatemalteco, a Pollo Campero, Walmart y Banco Continental, que presionen para que Prensa Libre, Siglo XXI o La Hora dejen de publicar noticias sobre la realidad salvadoreña o sobre las opiniones que vierten críticos de los amigos del FMLN en Guatemala, o se atengan a las consecuencias.

Seguramente dentro de poco, la troika Maduro-Cabello-Arreaza crucificará hasta a Heinz Dieterich, nada menos que el ideólogo del Socialismo del Siglo XXI y mentor de Chávez por su profecía de que este podría ser el último año del gobierno bolivariano, por haber perdido el rumbo, arruinado al país y desaprovechado todo poder de negociación con sus adversarios. Esto avala el distanciamiento discreto de UNASUR que, con el concurso del papa, trató de mediar para el entendimiento entre el gobierno y la oposición. El fracaso de la mediación solo anticipa un mayor aislamiento del régimen, por lo menos, de las auténticas democracias occidentales...

Le quedan, sin embargo, sus amigos de “Podemos”, algunos de cuyos líderes, a través de una ONG, asesoraron a Chávez a cambio de cheques millonarios y una estadía ostentosa en medio de la pobreza que abate a Venezuela. Pero cómo es la vida. El líder de “Podemos” viajó la semana pasada a Nueva York para reunirse con académicos y políticos de izquierda, mientras los jerarcas del régimen de Maduro y sus principales allegados tienen vedado el ingreso a la Unión Americana. No obstante, su amenaza de expropiar empresas también puede ser revertida si estas le financian un tratamiento siquiátrico de choque por especialistas españoles, que sí tendrían físicamente que “cruzar el charco”, porque ante la gravedad del caso, no funciona una intervención a través de los medios.

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