Humilde, cercano y de buen humor

Se ganó el corazón desde que salió al balcón a saludar a los millones reunidos físicamente en la Plaza de San Pedro y de forma virtual en los medios de comunicación y en las redes sociales. Se nota que el Papa Francisco quiere ser un pastor cercano a su gente. Desde su “¡Buenas tardes!” ya se va mostrando que llevará las costumbres de hospitalidad propias de los países de origen hispano para recibir con cariño a todas los cristianos.
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El nuevo Vicario de Cristo también demuestra un sutil sentido del humor propio de quienes tienen un talante positivo ante los retos y oportunidades de un entorno complejo. Su estilo de gobierno se prevé será bajo una concepción de autoridad definida como ocasión de servicio a la Iglesia y a las almas, para iluminar los caminos de la Tierra con la luminaria de la fe y del amor.

Se conoce la anécdota de la noche de su elección, en la cual el Papa Francisco se fue de regreso al hospedaje en el autobús en que llegó con sus compañeros en vez de irse en la limusina asignada, ya que en su natal Argentina él estaba acostumbrado a viajar en autobús y hacerse su comida. Se aprecia que su origen humilde no le ha amargado sino más bien vive una pobreza que “radica, más que en el no tener, en el andar desprendido, usando las cosas sin considerarlas propias, careciendo de lo superfluo, no quejándose cuando falta lo necesario, no creándose hábitos confortables, no permitiéndose caprichos, no apegándose a lo que a diario se utiliza: el reloj, la camisa, un coche...” (Del libro “El Hombre de Villa Tevere”, Pilar Urbano.) ¿No es esta la forma digna en que viven la pobreza la mayoría de las familias de Latinoamérica?

Con su humildad, me da la impresión de que el Papa Francisco está consciente de la primacía de la persona sobre las cosas, sin rarezas ni extravagancias, considerando la necesidad como un aguijón para prosperar y no como una excusa para delinquir. La pobreza como valor cristiano se refiere a una sana actitud frente a objetos materiales: no sentirse dueño ni propietario de nada, cuidar las cosas como si alguien nos las hubiera dado en depósito y hubiese que traspasarlas íntegramente a otros, a los que vengan detrás...

“No puede ser una pobreza gazmoña, ni tacaña o cursi... Ha de saber mostrarse con recato, con adecuación al nivel de vida social y profesional de cada uno y además, con cierto sello de elegancia... Así mismo, no es una pobreza colectiva, sino determinadamente personal. Cada quien calibra sus necesidades; adquiere y utiliza los materiales que precisa, cuidándolos para prolongar su duración y su buen estado; lleva cuenta de sus gastos; se procura unos ingresos profesionales...” (Pilar Urbano)

¿Podríamos también nosotros aprovechar el deseo del Papa Francisco por imitar a Jesús pobre para aprender a caminar con los más necesitados que tenemos en nuestro alrededor? Su pobreza de espíritu se relaciona con un “cierto talante vital que aminora y adelgaza el egoísmo consumista. La pobreza virtuosa es generosa y magnánima: saber abrir una mano para alegrar la vida de los demás; pagar puntualmente a quienes desempeñan trabajos para nuestros negocios y cerrar la otra mano en despilfarros inútiles, cuidando el agua, la electricidad, reutilizando las sobras de comida, etcétera”. Pilar Urbano.

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