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Iglesia: respeto incondicional a la mujer

La pasada elección del papa Francisco fue recibida gratamente en medio de un debate entre las ONG para erradicar toda forma de violencia de género, en la 57.ª sesión de la Comisión de la Condición de la Mujer, que tuvo lugar en la sede de Naciones Unidas, en Nueva York, del 9 al 15 de marzo.
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Durante el panel de expertos, presidido por la Dra. Helen Alvere, (U. George Mason, en Washington, D. C.), la Dra. Erika Bachiochi citó dos estudios estadísticos y pruebas antídotos que mostraban cómo la fe y la religión, especialmente el cristianismo, puede ayudar a los hombres a ver a las mujeres como su igual: “Muchos parecen ignorar que la fe y la religión pueden ser una fuerza poderosa que conduce a los hombres a reconocer la dignidad y la igualdad de las mujeres en sus vidas y dedicarse más generosamente al bien estar de sus esposas e hijos. (Autora de “Women, Sex, and the Church” (“Un caso para la enseñanza católica”).

En el mismo evento, la Dra. Cusumano-Love señaló el rol que las mujeres tienen para crear un mundo más seguro donde vivir: “Las mujeres están a la vanguardia en la construcción de la paz, tanto como víctimas de violencia y como líderes en la prevención de la violencia y su compromiso a favor de la paz en el mundo entero”.

La Dra. Marie Anderson, MD, proporcionó estudios de casos sobre pacientes que se han visto gravemente afectadas por los abortos y otras formas de violencia.

Las conclusiones multidisciplinarias sirvieron para reafirmar la posición de la Iglesia católica, (compartida por la mayoría de las distintas denominaciones cristianas) acerca de lo inaceptable que es cualquier clase de violencia contra las mujeres (acción verbal, física o por omisión), porque no corresponde a una comunidad civilizada de naciones, incluyendo la promoción del aborto como supuesto derecho reproductivo.

El avance de la mujer ha implicado un novedoso enfoque en las relaciones interpersonales entre ambos géneros, de tal forma que se busca una convivencia armoniosa. Las diferencias ya no se advierten como motivos de discordia que hay que superar con la negación o la igualación, sino como una posibilidad de colaboración, corresponsabilidad y complementación que hay que cultivar con un profundo respeto recíproco y porque comparten igual dignidad esencial.

Al hablar de desarrollo femenino, modernamente se refiere a que la mujer ha de poder sentirse libre de ser ella misma, sea cual sea el rol que desee asumir, sin ser sujeta de violencia.

No debería encontrarse nunca forzada a elegir entre maternidad y carrera; es más, precisamente porque es madre debería ser todavía más apreciada. Han de crearse las condiciones culturales y sociales que permitan que ninguna se sienta obligada a imitar a los varones para obtener un puesto o para conservarlo y progresar en él.

Se trata de facilitar que el género femenino ofrezca a la sociedad su esencia, sin que esa participación les obligue a renunciar a nada de lo que es valioso y les es propio; en concreto, sin renunciar a ser madres y a cuidar de su familia, sobre todo mientras los niños son pequeños.

Esperaría que la misión gubernamental que asistió a Nueva York no haya firmado documentos que van en contra de nuestra identidad cultural o moral, ni tampoco que ofendan nuestra fe cristiana.

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