Iguales

Enlace copiado
Iguales

Iguales

Enlace copiado

No idénticos, pero sí iguales.

Esa es al menos la enternecedora pretensión recogida en el artículo 3 de nuestra Constitución Política: la de que todos los salvadoreños somos iguales ante la ley. Y así, para gozar de los derechos civiles, nadie puede aspirar a preferencias sobre otro basándose en diferencias de nacionalidad, raza, sexo o religión.

En 2017, es imposible no ruborizarse con esta noción, sobre todo con el plano de la igualdad relativo a “ante la ley”, ese que opera exclusivamente para proteger a los ciudadanos ante los poderes públicos, limitando sus abusos y obligándolos a respetar a cada salvadoreño de la misma manera.

Las pretensiones de nuestros actuales administradores son hacerle un pie de página a la Carta Magna, y que en letras chiquitas se lea: “Excepto si el salvadoreño vive en una ciudad dormitorio, parece sospechoso, navega en la pubertad, se conduce en transporte público o camina por el centro de San Salvador con apariencia ambigua”.

Que el ministro de la Defensa, señor Munguía Payés, celebre que el personal militar se dedique otra vez a labores de seguridad pública, ahora con auxilio de toda la utilería castrense, es razonable. Reacción primitiva de un hombre primitivo. Pero que civiles en el Gobierno, especialmente el vicepresidente de la república, insistan con una retórica guerrerista, vecina a la limpieza social, es grave. Si los salvadoreños ya no somos efectivamente iguales ante la ley, ¿qué posibilidades tenemos de que la ley se nos aplique de modo igualitario?

El rubor ante la idea de igualdad en nuestra nación también pasa por la indecencia de nuestra clase política. Sin excepciones. Y por tal me refiero a que la principal piedra de tropiezo para el avance democrático de El Salvador lo representan precisamente ellos, instalados no solo ni principalmente como operarios de los poderes fácticos, sino como una oligarquía dentro del aparato público, que con independencia de la temática gana con cada crisis y con cada controversia. El pago de pensiones es apenas el último ejemplo.

Debido a la codicia de nuestros políticos, la democracia no funciona: el poder sale del pueblo, pero las recompensas de esa activación se quedan en la política, no suelen volver al “demos”. En esa cleptomanía al gobernar y en ese desprecio para con la nación, ARENA y FMLN fueron formidables alumnos del PCN.

Si algo inspira a nuestros políticos y principales servidores públicos es la singularidad de sus beneficios y prebendas, y no quieren renunciar a ellas aunque la sociedad lo demande y la situación lo exija. Son, llanamente, unos miserables.

¿Qué, sino, podemos decir de todos esos ministros, diputados y mandos medios que gozan de un seguro médico privado que es cortesía de los contribuyentes? En un país en el que endémicamente los hospitales no tienen suficientes camas, en el que llegó a haber desabastecimiento de más de 350 medicamentos hace tres meses, y en el que la próxima cita puede ser dentro de seis meses, solo un cretino puede creerse merecedor de tales prebendas.

¿Quiere un seguro médico privado? Págueselo usted. O pregúntele a sus electores si usted se lo merece más que ellos. Le dirán que lo mismo para los mismos no es igualdad.

Lee también

Comentarios

Newsletter