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In Memorian José Joaquín Chacón

“Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir”, dice la copla que escribió Jorge Manrique en el siglo XV. La muerte es el destino final y seguro que todos llevamos, aunque generalmente nos sorprende que sea un amigo o colega el de la noticia fatal, más aún si se trata de fallecimientos repentinos, como el que le ocurrió a nuestro cónsul en Tucson, Arizona, hace pocos días.
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Conocí a José Joaquín Chacón Corado allá por 1976 en la Universidad de El Salvador, cuando yo formaba parte del cuerpo docente del Departamento de Derecho Público, cuyo jefe era el Dr. Mario Solano, y él llegó a mi clase a iniciar su ciclo de Derecho Tributario. Desde entonces pude apreciar su temperamento vivaz, ocurrente y comunicativo, el cual le valió el aprecio de sus compañeros y catedráticos.

Pocos años después, a inicios de los ochenta, nos volvimos a encontrar en la casona que albergaba a los juzgados de Santa Tecla, al costado surponiente del parque San Martín; siendo yo juez de Primera Instancia y él que llegaba como juez de Paz. En ese entonces, todos los tribunales del país laboraban de lunes a sábado, de 8 a. m. a 1 p. m., y el referido parque era sumamente tranquilo, habiéndose creado por esos años la Cámara de Segunda Instancia de la Cuarta Sección del Centro, que inició actividades en una casa del extremo nororiente del mismo. Entre esa casa, el centro del parque y la de los juzgados, tuvimos amenas charlas cargadas de experiencias que a Joaquín y yo nos deleitaba el abogado de mayor estatura física que quizás haya producido El Salvador, el Dr. Carlos Nieto Hachacq, magistrado de esa Cámara, también ya fallecido y quien fue un gran caballero. Corría el año 1983 y un día Joaquín nos dio la triste noticia de que a su hija le habían detectado una cruel enfermedad que ameritaba tratamiento en el extranjero, por lo que gestionó ante el gobierno de entonces ingresar al servicio exterior, lo cual le fue concedido al nombrarlo cónsul en Houston, Texas.

Tuve oportunidad de visitarlo varias veces en dicho consulado, en donde su iniciativa, el deseo de servir a nuestros connacionales y sus buenas amistades contribuían a hacer menos dura la carga de tanta gente sencilla que tuvo que salir hacia Estados Unidos durante la guerra y que requerían los servicios de nuestras oficinas consulares, sumamente concurridas y lamentablemente atendidas, en su gran mayoría, por funcionarios o empleados sin preparación jurídica. Posteriormente, Joaquín fue designado para viajar a ciudades texanas fronterizas con México, en donde le correspondía atender y documentar a salvadoreños detenidos que luego iniciarían su proceso de deportación hacia nuestro país. Ese fenómeno, como es sabido, ha crecido enormemente ante la falta de oportunidades.

En su último cargo, citado al principio, con jurisdicción en los estados de Arizona y Nuevo México, lo sorprendió la muerte de forma súbita, mientras daba su caminata de fin de semana en un parque, según las noticias. Ya su figura era muy popular, aun entre guardias de la patrulla fronteriza estadounidense. No fueron para menos casi treinta y tres años ayudando a salvadoreños. Su padre, el coronel José Joaquín Chacón, fue subsecretario de Defensa en el gobierno inconcluso del presidente José María Lemus.

Algunos de los compañeros o compañeras de estudios de Joaquín ocupan hoy altos cargos en el Órgano Judicial y pensando en ellos y en su esposa e hijos dedico estas líneas.

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