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Inclusión ¿para quiénes?

Inmersos en el día a día y en la larga lista de necesidades no cubiertas por la mayoría de la población, olvidamos a las personas mayores que merecen atención y respeto, para dar preferencia a sectores minoritarios que, si bien son dignos de consideración como grupos humanos, no tienen por qué ser privilegiados en perjuicio de otros más necesitados.
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Los olvidados son aquellos que un día ofrecieron su fertilidad para renovar a sus propias generaciones, de acuerdo con las maravillosas leyes de la madre naturaleza, y que con el paso del tiempo se han convertido en abuelos y bisabuelos: ¡son las mujeres y los hombres de la tercera edad! Los consentidos en naciones civilizadas como Japón y Alemania.

Mientras poco o nada se hace por los abuelos, activistas de nuevo cuño repiten la cartilla internacional en favor de las minorías gay, a las que casi rinden tributo. Su Santidad el papa Francisco indica a los fieles con relación a los homosexuales que deben ser respetuosos y tolerantes con ellos. Pero para quienes piden tratos de privilegio es para los niños, los ancianos y los enfermos. Resultaría prolijo enumerar todas las agresiones de que son objeto y los abusos que contra ellos se cometen, incluso institucionalmente.

Tampoco abundaré sobre otras situaciones lamentables, como decir la de los enfermos sin medicinas en los hospitales y los niños sin pupitres y sin techos en las escuelas; pero no puedo eludir la discriminación –a veces despiadada– contra los adultos mayores.

Una respetable y joven doctora, cuya identidad debo proteger, me dijo que había casos en algunos hospitales en los que era normal dejar morir a los más ancianos para disponer de sus camas. Eso no es eutanasia, sino simplemente homicidio.

¿Sabía usted que en algunas instituciones financieras y comercios importantes cortan el crédito a viejos y cumplidos clientes cuando sobrepasan la edad por ellos establecida? Eso se llama discriminación. En países con alto desarrollo humano esta situación no existe o es cubierta con un seguro o una firma solidaria. Su experiencia revela que esos créditos no ocasionan pérdidas.

Soy cliente de un banco donde los de la tercera edad no tienen que hacer cola para entrar y hay una ventanilla para ellos, la que casi siempre es aprovechada por jóvenes “buzos” y saludables (de ambos sexos). En una compañía distribuidora de electricidad también existe la ventanilla para los mayores, pero allí los vigilantes no dejan que se acerque ni una mosca si no es lo suficientemente mayor.

Los hogares salvadoreños, en gran medida desintegrados por la irresponsabilidad de muchos progenitores y por la emigración masiva, también son escenarios de vejámenes contra los que un día fueron sus amorosos proveedores. Una buena señora nonagenaria trabajaba duramente para sostener a una hija minusválida y una nieta adolescente. Maltratada por los novios de la hija, terminó muriendo de tristeza.

Pienso que hace falta un Instituto Nacional Geriátrico, una Ciudad de los Mayores, donde profesionales de distintas disciplinas cuiden de ellos... con amor.

Es el caso que todas las personas con altos cargos –públicos o privados– se nutrieron un día con la leche materna y tuvieron educación gracias al trabajo o negocios de sus padres, quienes ahora son ancianos que en muchos casos padecen de soledad y abandono. ¿Qué se podría hacer por ellos con unos 700 mil dólares?

Nuestros legisladores podrían renunciar voluntariamente a una parte de su presupuesto para hacer realidad, cuando menos, aquella jubilación gratuita que el expresidente Funes ofreció a los ancianos más pobres del país y no se cumplió. Si fuera de 40 dólares al mes, 700 mil billetes alcanzarían para 1,458 pensionados al año.

¡No olvidar que los ancianos también votan!

Tags:

  • tercera edad
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