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Inseguridad, migración y sueños truncados

Este año se encamina a convertirse en el más nefasto en cuanto a expulsión de salvadoreños menores de edad se refiere.
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Ya los números están por encima de 2014, año en el que la administración del presidente Barack Obama declaró “crisis humanitaria”, debido a la gran cantidad de niños migrantes sin acompañantes fue detenida en la frontera sur de Estados Unidos.

Una de las razones por las que este año no hubo la misma atención mediática en Estados Unidos ha sido la campaña presidencial, que pasó del mal chiste de un candidato atípico en el Partido Republicano al que el establishment consideraba como una exageración sin posibilidades, la prueba de que el proceso de selección del candidato era tan amplio y transparente que hasta una estrella de telerrealidad tenía derecho a competir mano a mano con los cuadros políticos tradicionales, a la pesadilla de tener un presidente electo que recibió el apoyo directo y abierto de grupos nacionalistas de ultraderecha que no tienen empacho en saludarlo con un “¡Hail Trump!”, cual saludo nazi.

El discurso xenófobo y antiinmigrantes del candidato Trump levantó más temores entre los migrantes que ya estaban en Estados Unidos, pero no desalentó en lo más mínimo a ciudadanos latinoamericanos, que siguieron arriesgando sus vidas a través de mares y desiertos para buscar oportunidades que sus países de origen les niegan.

Y es ahí donde está el drama salvadoreño. Más de 18,000 niños han sido detenidos en esa frontera entre Estados Unidos y México. Y las familias completas son aún más. Una de las principales causas de la migración de salvadoreños (niños o adultos) es la inseguridad. Muchos huyen de las pandillas que controlan sus colonias, barrios o caseríos. En esos lugares, negarse a formar parte de los grupos delincuenciales equivale a una condena a muerte.

Por eso es que los abuelos o tíos, que son los familiares con que se quedan los niños cuyos padres emigraron antes a Estados Unidos y desde donde envían remesas, deciden enviar a los menores de edad a jugarse la vida en un trayecto lleno de peligros. Es una difícil elección: quedarse en El Salvador bajo un miedo permanente, bajo el peligro constante de ser asesinados (no importa si se mudan de un departamento a otro) o se ponen en las manos (criminales) de traficantes de personas que les sacan miles de dólares para llevarlos a Estados Unidos. Muchos coyotes, hace un par de décadas, se hicieron fama de benefactores, e incluso tenemos un alcalde y un diputado que lograron ser elegidos gracias a esa “contribución” de haber llevado a cientos de personas al gran país del Norte. Pero no hay que perderse: son traficantes de personas, se lucran con la necesidad de una madre de proteger a su hijo de la muerte que le reserva la pandilla o de un padre desesperado por mantener económicamente a su familia.

Por eso es que hay iniciativas que vale la pena rescatar, como “Sueños Truncados”, que conocimos la semana pasada y que en los próximos días entra en vigor. Es uno de esos proyectos que une a la empresa privada (SUBES, la compañía que opera el SITRAMSS), universidades (Andrés Bello, Einstein, Matías Delgado, UMA) y una ONG (la Asociación de Jóvenes de El Salvador –AJES–) con el objetivo de alertar a los padres de los peligros de una migración sin documentos a Estados Unidos.

Muchos padres creen que bien vale la pena exponerse a un camino incierto en las manos de personas sin escrúpulos para llegar a un país donde hay mejores oportunidades. Pero no siempre se cumple el sueño. Son cientos de miles de ciudadanos latinoamericanos que han quedado abandonados en los desiertos y en caminos desolados, secuestrados por narcotraficantes y otros criminales. Son vidas truncadas y ninguna remesa vale la pena.

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