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Insistimos en la necesidad imperiosa de atacar la extorsión desde sus raíces

No se entiende cómo los organismos de investigación con que cuentan las instituciones directamente encargadas de la lucha antidelincuencial no han sido capaces hasta la fecha de desplegar una estrategia de ataque dirigida a las áreas neurálgicas del problema.
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Lo que está poniendo en evidencia la Operación Cuscatlán sobre el accionar de la MS-13 en el ámbito nacional es más que revelador de lo que la delincuencia organizada ha llegado a ser en el terreno de los hechos. Como era de esperarse, dada la implantación expansiva de las fuerzas del crimen, estamos ya ante una organización que tiene montados múltiples aparatos de acción y que desarrolla estrategias de sostenimiento de gran efectividad, como se va viendo a cada paso. La lucha, entonces, contra toda esta maquinaria que socava a diario la legalidad y la normalidad del vivir cotidiano a lo largo y a lo ancho del país se vuelve cada vez más compleja y, por consiguiente, ya no se puede seguir en la improvisación de medidas coyunturales sino que hay que ir al fondo de la problemática para, desde ahí, mover una dinámica de contraataque que verdaderamente sea eficaz.

Según se ha conocido de las indagaciones llevadas a cabo dentro de la Operación Cuscatlán, la Mara aludida viene recolectando un promedio mensual de 4.5 millones de dólares en el país. Dicho dinero proviene sobre todo de la red de extorsión que opera en forma creciente y con métodos probadamente eficientes, ya que las víctimas se sienten atemorizadas al máximo y no confían en que la denuncia pueda hacerse en forma segura. El dinero resultante del delito no se reparte aleatoriamente, sino que es usado en gran medida para capitalizar la amplísima red criminal por medio del lavado y de la inversión aparentemente legal. Todo esto implica que los delincuentes organizados se han convertido en gestores de negocios, infiltrando todo lo que pueden y moviéndose con una libertad de acción de consecuencias nefastas.

Como hemos repetido tantas veces, la principal base de sostén económico del crimen es la extorsión que se ha vuelto una plaga controlada desde adentro y totalmente descontrolada desde afuera. Es muy fácil percibir que si ahí está el punto decisivo para la persistencia del mal, lo lógico es atacar ese punto con todos los instrumentos y las armas que la legalidad provee. No se entiende cómo los organismos de investigación con que cuentan las instituciones directamente encargadas de la lucha antidelincuencial no han sido capaces hasta la fecha de desplegar una estrategia de ataque dirigida a las áreas neurálgicas del problema. En las diversas comunidades todo el mundo sabe quiénes son los que extorsionan, y desde luego tal información tiene que estar también en poder de las autoridades. ¿Qué es lo que falta, entonces?

El riesgo mayor que el país está enfrentando en lo que a seguridad, tranquilidad y estabilidad se refiere es que el crimen gane cada vez más presencia y más incidencia en la vida nacional. Eso ha venido ocurriendo, y de no detenerse de inmediato haciendo valer las decisiones y las acciones correctivas, el pronóstico de país será más y más negativo. La ciudadanía ha entrado ya en fase de desesperación en lo que a la inseguridad se refiere, y eso hay que revertirlo cuanto antes para evitar males cada día mayores. No cejaremos en la demanda de que en este aspecto tan preciso se haga todo lo necesario para entrar en un rumbo correcto, que es lo que todos reclamamos y merecemos.

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