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Insistimos en la necesidad imperiosa de que nuestro país cuente con un plan de nación que les sirva de base a todos los esfuerzos en pro del desarrollo

Hay que tener presente de manera incuestionable que lo que en verdad estamos necesitando es voluntad expresa de que el país pueda contar con una estrategia y una proyección de carácter nacional, en las que todos estemos comprometidos y en función de las cuales todos empujemos en conjunto hacia las mismas metas.
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A las puertas de que se cumpla el primer cuarto de siglo desde que concluyó definitivamente el conflicto bélico interno, proliferan las opiniones en el sentido de que los salvadoreños estamos necesitando, cada vez con más apremio, un nuevo acuerdo nacional, que le dé continuidad al espíritu que caracterizó al que fue suscrito en enero de 1992. En verdad aquella experiencia fue inspiradora al máximo, pero a estas alturas lo que se está requiriendo es un consenso mucho más amplio y conectado con las necesidades y problemas actuales, que derivan de la dinámica evolutiva del momento.

El Acuerdo de Paz de 1992 tenía dos propósitos fundamentales: terminar la guerra en el terreno y desplegar el escenario donde todas las fuerzas políticas, independientemente de su ideología, pudieran desenvolverse dentro de la legalidad, sin exclusiones con dedicatoria. Ambos propósitos fueron cumplidos al pie de la letra. Venía después el despliegue expansivo de la actividad democrática, en la que tendrían que tratarse y resolverse las distintas cuestiones de la realidad política, social y económica del país. Dicho despliegue es el que no se ha realizado en la forma requerida, por lo cual hay muchas tareas pendientes en el terreno de los hechos, que como tales generan dudas y desconfianzas sobre las posibilidades reales de lograr que el país entre en fase de progreso suficiente y sustentado.

Es hora de reemprender esfuerzos consistentes con el propósito de que el país no siga malgastando energías en la confrontación estéril y en el desgaste coyuntural. Eso sólo podrá conseguirse si hay acción compartida entre los diversos actores nacionales para darle forma e impulso a un auténtico plan de nación, que considere todos los aspectos políticos, institucionales, económicos y sociales que se encuentran ahora misma necesitados de tratamientos que conduzcan a soluciones reales y sostenibles. Ese plan tiene que ser negociado en serio y consensuado de manera responsable y visionaria.

Hay que tener presente de manera incuestionable que lo que en verdad estamos necesitando es voluntad expresa de que el país pueda contar con una estrategia y una proyección de carácter nacional, en las que todos estemos comprometidos y en función de las cuales todos empujemos en conjunto hacia las mismas metas. Los países que han logrado dinámicas de desarrollo que se reconocen como ejemplares y emblemáticas han partido de un proyecto común que resulta de un compromiso compartido sin excepciones.

El problema de entrada para poder arribar a un resultado como el señalado en las líneas anteriores estriba en las resistencias políticas a adoptar una metodología de trabajo que vaya construyendo acuerdos hasta llegar al resultado integral que se requiere. Esa metodología exige prudencia, perseverancia, creatividad y respeto mutuo. Con el grado de conflictividad descalificadora que impera en el ambiente es casi imposible habilitar espacios para el consenso, lo cual entorpece las iniciativas que puedan ir en la buena dirección.

Ojalá que las ansiedades, las angustias y los desconciertos que tanto agobian a la sociedad entera sean capaces de mover voluntades hacia la racionalidad que tanto se necesita. Sólo en esa forma podremos ir saliendo de todos los atolladeros presentes.

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  • plan de nacion
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