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Insistimos en ponerles especial atención al desarrollo local y al desarrollo territorial en esta hora decisiva

Se tiene que erradicar una perversión sociológica tan dañina como es la territorialización del crimen; y se tiene que impulsar y alimentar un replanteamiento del esfuerzo de ser mejores como es la territorialización del desarrollo.

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Como hemos venido señalando con incansable insistencia a lo largo de los distintos momentos de la posguerra, la primera función de un buen desempeño institucional dentro de los marcos de la democracia que se está construyendo progresivamente en nuestro ambiente es darle a la identidad nacional en concreto las dimensiones y las proyecciones que le corresponden dentro de un proceso evolutivo que vaya en consonancia con la dinámica de los tiempos tal como ahora se manifiestan. Esto implica replantearse el manejo de la realidad nacional en sus múltiples expresiones y facetas, para que El Salvador deje de ser de veras un ente marginal y pase a ser un sujeto que está ubicado en el ámbito donde se hallan al alcance todas las oportunidades del presente.

En nuestro país, tan fragmentado internamente por la serie de distorsiones históricas que hemos padecido y que de buena medida continuamos padeciendo, uno de los efectos más deplorables que pueden ser advertidos es el referente a la disfuncionalidad del desarrollo, pues hay muchísimos lugares de la geografía social en los que apenas se hace sentir o en los que ni siquiera se asoma. Esto tiene una connotación comunitaria muy deformante, que contribuye de manera notoria al desajuste de las oportunidades y al desbalance de los servicios. Para corregir tales entuertos que desde hace tanto vienen deteriorando la vida nacional hay que poner en práctica una política rectificadora de largo alcance.

Lo anterior nos impide consolidar identidad e institucionalizar progreso, por lo cual se vuelve insoslayable poner en acción los mecanismos que promuevan la unidad nacional en todos los órdenes, comenzando por el orden estructural. Dentro de esa lógica está el imperativo de promover orgánicamente tanto el desarrollo local como el desarrollo territorial. Ambos forman una especie de asocio espontáneo en el campo de los hechos, y por eso tendrían que ser enfocados en conjunto. Hay que potenciar las gestiones municipales y comunitarias, para que ni el más remoto rincón del país se quede fuera; y hay que redefinir el esquema de la administración territorial, para que se definan zonas concretas con prioridades propias conforme a las características poblacionales y a los énfasis productivos.

Se tiene que erradicar una perversión sociológica tan dañina como es la territorialización del crimen; y se tiene que impulsar y alimentar un replanteamiento del esfuerzo de ser mejores como es la territorialización del desarrollo. En esta línea, la población distribuida hasta en las comunidades más marginadas y olvidadas tiene que incorporarse a la tarea nacional de sacar al país adelante. Es cuestión básica de justicia y de unidad.

Las señales tanto institucionales como de planteamiento que ha comenzado a dar el Gobierno que se inicia apuntan en esta línea, y esperamos que se vayan concretando de inmediato en un programa de trabajo que tenga consistencia y continuidad.

En definitiva, potenciar el desarrollo en todas sus facetas es posibilitar que El Salvador se autodefina conforme a sus propias condiciones y proyecciones. Y eso lo estamos necesitando como una clave de acceso al futuro.

Tags:

  • identidad nacional
  • desarrollo
  • territorialización

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