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Del mismo modo, pocos observan que más que desprestigiar la democracia, el Brexit y Trump deberían ser puntos de inflexión para mejorarla: ya siendo imperfecta la regla de la mayoría, se espera que al menos sea clara; los referéndums sobre temas importantes no se conciben sin una mayoría cualificada, y, con un ganador con millones de votos menos, parece necesario también actualizar el sistema electoral estadounidense. Si no fuera por esta irresponsabilidad política, talvez premeditada por algunos, hoy Trump y el Brexit serían avisos pero anécdotas. Tanto Estados Unidos como Reino Unido no tienen que ir muy lejos, justo en el medio de la estela cultural británica está el mejor ejemplo de claridad y multiculturalidad: Canadá.
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Los tiempos que corren invitan a reflexionar con más detenimiento, analizando con miras a ajustar los fallos de una globalización que no se muestra como un sistema previsible y uniforme. Roma no sucumbió con Nerón, y la historia confirma que, al menos a largo plazo, muchos traumas políticos impulsan posteriores mejoras a través de los complicados juegos de la reacción. Con todo, la política no es un reality show pero tampoco es un proceso estático, y el antecedente reciente de los errores reiterados de la demoscopia obliga a una necesaria y paciente humildad intelectual en el plano geopolítico para elaborar respuestas inteligentes según se materializa la retórica, puesto que lo pueril no puede ser contestado de modo adolescente.

Si bien muchas cosas ya han empezado a cambiar, aún hay margen para que exista la posibilidad de que ni el Brexit ni la presidencia Trump lleguen a ser tan dramáticos o determinantes como auspician las voces de lo inminente.

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