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Instituciones en conflicto, política en acción

Mientras la campaña presidencial va moviéndose en el terreno, hasta el momento sin complicaciones, en el ámbito institucional se sigue reproduciendo la dinámica conflictiva.
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Este es un contraste digno de tener en cuenta, porque es revelador de las contradicciones que se van presentando en el curso de la democratización nacional. Nuestro proceso presenta más dificultades de forma que de fondo. En el país no hay aún un verdadero juego de posiciones y de proyectos: lo que se da, con reiteración cada vez menos justificable, es el juego de resistencias frente a lo que la misma democratización trae naturalmente consigo. Resistencias que se expresan de distintas formas, según los momentos. En el momento actual, la resistencia mayor se manifiesta en el seno de la institucionalidad, porque alguien se salió del huacal establecido.

Partamos de un punto que es inevitable para entender lo que viene ocurriendo en el ambiente, sobre todo en estos últimos años: la democratización no sólo depende de las voluntades de los actores políticos, como es común creer, por efecto reflejo de lo que ocurría en los tiempos del autoritarismo institucionalizado. Depende, en muy buena medida, de la fuerza que viene acumulando el proceso mismo y de las reacciones activas que ello genera en el ámbito ciudadano. La ciudadanía se perfila, cada vez más, como el actor protagónico emergente. Y sólo así se vuelven inteligibles los desenlaces de los conflictos interinstitucionales que venimos de vivir. Lo curioso es que tal lección no parece haber calado en los representantes institucionales involucrados, porque la conflictividad se repite, como si nada hubiera pasado.

Desde que se produjeron los resultados de las más recientes elecciones legislativas, en marzo de 2012, ha habido un constante flujo de tensión entre la mayoría simple que se configuró en la Asamblea y las resoluciones respectivas de la Sala de lo Constitucional. En el curso de estos meses se ha llegado a situaciones verdaderamente esperpénticas, como fue el recurso interpuesto por la Asamblea ante la Corte Centroamericana de Justicia para tratar de escapar a una de las sentencias. Resultado: la CCJ quedó en ridículo, la sentencia que dictara fue papel mojado y las cosas se tuvieron que hacer de nuevo. Pero la conflictividad también existe en el interior de nuestra Corte Suprema de Justicia, como en estos días se está volviendo a ver. Deplorable. Y en ello hay culpas repartidas. Es un muy mal ejemplo que ni en el máximo Tribunal de Justicia impere la armonía básica.

Todo lo anterior, que sólo es una muestra en colores crudos de la inmadurez que caracteriza aún, de manera recurrente, al proceder institucional, debería servir de estímulo inmediato para entrar en fase de autoanálisis y autocrítica, no sólo de alguien en particular, sino de todos en general. Para el caso, la constante emotivización de las acciones y las reacciones dificulta al máximo el tratamiento de los problemas y la búsqueda efectiva de soluciones. Los problemas son siempre de distinta naturaleza y magnitud, pero en cualquier circunstancia es imperativo que se haga valer la lucidez, actúe eficazmente la sensatez, opere sin reservas el espíritu de armonía y se anteponga de manera juiciosa y responsable el bien común a los intereses que nunca dejan de estar en juego. Sin ejercicios de esa índole, con la disciplina del caso, las reincidencias en el error no cesarán.

Por su parte, el desarrollo de la campaña presidencial continúa su curso. Hasta la fecha –y eso también es revelador– lo que se ha visto es activismo en movimiento. Y también hasta la fecha –lo cual también es revelador– no ha habido fricción o violencia entre los contendientes, en el terreno. Falta mucho para que concluya la campaña, y aún no se puede asegurar nada definitivo sobre las conductas partidarias dentro de la misma; sin embargo, los indicios son buenas pistas. Después del activismo, y sin que éste deje de funcionar, tendrá que venir, y ojalá sea pronto, la fase propositiva. En esto último no se atisban señales renovadoras. Y si es más de lo mismo, se perderá una excelente oportunidad para innovar conceptos, visiones y proyecciones. Lo sabido sabido está. Lo que queremos es tener compromisos que apunten de veras hacia lo esencial.

Nuestro país está inmerso, se quiera o no, en un ejercicio de competitividad tanto interna como internacional de cuyos resultados sucesivos dependerán tanto nuestro presente como nuestro futuro. La competitividad de esta época es diferente a las anteriores, aunque los principios elementales y las metodologías de fondo no varíen. Esta es una competitividad que nos exige a la vez creatividad, audacia y responsabilidad. Por ejemplo, si nos movemos en un entorno subregional centroamericano donde los vecinos ya nos llevan distintas formas de ventaja, tenemos que ingeniárnoslas muy creativamente para ser atractivos, sin complejos ni prejuicios. Estamos en pasarela de estación, y los viejos trajes no sólo ya no sirven sino que son contraproducentes. A pensar, pues. A imaginar. A realizar. A cosechar.

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  • campaña presidencial
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