Interrogante pendiente: ¿Quién puso la foto allí?

Estamos alistándonos otra vez para ir a las urnas, a ejercer nuestra obligación y derecho del sufragio universal, a ratificar lo que otros han decidido por nosotros.
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El día de las “elecciones”, mi estimado conciudadano, pregúntese, con la papeleta en sus manos, ¿cómo llegaron esas fotos a la lista? ¿Quién coronó a estas personas de idóneas para poner sus fotos en la papeleta? ¿Cuál fue el proceso democrático que se siguió para su selección? ¿Qué requisitos tuvieron que llenar para demostrar su idoneidad para el cargo? ¿Sudar la camiseta, demostrarle lealtad a la dirigencia? ¿Asistir a escuelas de adoctrinamiento, años merodeando la sede del partido? ¿Representan intereses creados u oscuros? ¿O son “dinopolíticos”, inventariados en sus cargos?

Entre muchas otras “meritorias” cualidades que distinguen a los de confianza en nuestra “democracia”; pero la pregunta del millón, mi estimado, es ¿alguien lo consultó a usted? ¿Qué incidencia tuvo usted en la selección de estos ilustres?

Sin embargo, hemos dado gigantescos pasos hacia una verdadera democracia representativa: voto por foto, el voto cruzado, candidatos independientes, concejos municipales plurales, divulgación de los financistas de los partidos, entre otros; y todo gracias a una lúcida y de gran devoción democrática Sala de lo Constitucional de la honorable Corte Suprema de Justicia.

Nos falta el gran paso: la distritacion de nuestro querido El Salvador y la eliminación de ese pluralismo impuesto, ese perverso sistema de residuos y cocientes, que permite a pocos e insignificantes ser la llave de las decisiones.

Los distritos electorales, elecciones primarias, sistemas de elección directa por parte de los ciudadanos, quienes escogen de entre sus vecinos aquellos mejor preparados para el cargo, viven en el distrito, conocen a su gente, sus problemas, sus anhelos.

¿Novedoso? Ni por cerca. Los estados de la Nueva Inglaterra en Estados Unidos, cuna del municipalismo, cuna de la democracia americana, tienen más de 200 años de practicarlos, se instituyeron cuando sus poblaciones eran campesinos sin mayor educación formal, e incluyen cabildos y referendos, nada se mueve sin que el pueblo lo apruebe.

Se nos avecinan negros días para nuestra democracia, cuando la partidocracia se empeña en prolongar los términos de los funcionarios, reformas cuya sola intención es perpetuarse en el poder, perpetuar los privilegios y el derroche, los padrinazgos, el control.

Nos dirán lo conveniente y eficiente que es el prolongar los términos, se podrán completar proyectos. Se ahorrarán cuarenta millones de dólares que se pueden usar para los más necesitados, ¡mentira! Les gusta el cheque en blanco y entre más tiempo, mejor. Incrementar el tiempo de los términos es sinónimo de perder el control que ejerce la ciudadanía sobre sus funcionarios públicos.

Los millones que se gastan en elegir a nuestros representantes es una inversión, no un gasto. Piense, mi estimado, en algunos alcaldes, su rendimiento y actitudes. Qué terrible sería no poder destituirlos en un tiempo razonable, ya no digamos ciertos diputados. Nos dirán que el pueblo debe decidir, que la democracia participativa, el referéndum, es el camino ¡démosle! siempre y cuando sea el pueblo el que elija los temas a decidir. ¡La democracia no tiene precio!, dijo hace unos días el director de un partido, ojalá y no se le quede solo en palabras. Pues bien, conciudadanos, llegó la hora de pasar factura: vote por su partido, pero por aquellos que nunca ha visto, y que tengan, o por lo menos, le den la impresión que tienen vocación democrática. Dios, Unión, Libertad.

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