Intolerancia sangrienta e intolerancia de Estado

Hace veinte días, en una columna que titulamos “Cifras que matan”, dábamos cuenta, con alarma e indignación, de las cifras de periodistas asesinados durante el año 2014, con la base de estadísticas del Comité de Protección de Periodistas de Nueva York, de Reporteros Sin Fronteras y de la Sociedad Interamericana de Prensa.
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Qué decir ahora, frente al comienzo de un 2015 bautizado con el horrendo asesinato de periodistas del semanario francés Charlie Hebdo a manos de terroristas fundamentalistas, los que al grito de “Alá es grande” pretenden imponer su verdad, asesinan a quienes no piensan como ellos y derraman sangre de “infieles” para alimentar su intolerancia.

Los hechos de París, como las estadísticas sobre periodistas asesinados o llevados a la cárcel, se transforman en una especie de violento despertador ante una situación que, sin embargo, está permanentemente sobre la mesa: actos de intolerancia cuyo primer objetivo es la libertad de expresión, ejecutados por quienes no admiten que otros puedan opinar distinto, pensar distinto y expresar su pensamiento y hasta interesarse en otras verdades.

Es triste, lamentable, que deban ocurrir hechos como los de Francia para que mucha gente, que parece distraída, se sienta sacudida por este avance totalitario, intolerante y fundamentalistas. Porque esa manifestación de intolerancia ya está presente en leyes que limitan a la libertad de expresión, en actos de abuso de poder, en inspectores de hacienda y en obedientes jueces, fiscales y congresistas al servicio y a la orden del mandamás, conformando una especie de intolerancia de estado, que en cuanto a sus fines en nada difiere de la de terroristas asesinos de París. Incluso hasta con mejores resultados, por cuanto no levantan la indignación ni generan la respuesta de rechazo a la intolerancia sangrienta y terrorista.

Esta genera repulsa y reacciones positivas en defensa de la libertad de expresión de gente que, al mismo tiempo, como que no ve o que permanece ajena a los planteos maniqueístas que hablan de fieles e infieles, de buenos y malos, de progresistas y de derechistas o no progresistas. Y a no engañarse, todos saben además de dónde reciben fondos y apoyo los terroristas, que gobiernos los respaldan y financian, y además quiénes son en la región los amigos y defensores de esos gobiernos.

Al día siguiente del atentado terrorista de París hubo otro hecho que pasó casi desapercibido dado el impacto de aquel, pero que tiene que ver con la libertad de expresión: se trata de una decisión de la Justicia peruana que condenó al exdictador Alberto Fujimori a ocho años de cárcel por el desvío de fondos del Estado hacia diarios sensacionalistas, conocidos como prensa “chicha”, para que apoyaran su reelección en 2000.

Se le tipificó el delito de peculado doloso. Qué lástima. En realidad lo que hizo Fujimori y su gobierno fue atentar contra la libertad de expresión de los peruanos, contra su libertad de prensa y contra su derecho a la información. Para eso usó fondos del Estado, abusó de su poder, compró y sobornó a periodistas y medios de información. Les dio publicidad oficial, le dictó titulares y les garantizó una patente de corso para decir lo que quieran contra la oposición protegidos por fiscales y jueces sometidos e indignos. Y todo para ser reelegido y seguir en el poder.

Ciertamente qué pena que los jueces peruanos no lo hayan condenado por todos esos delitos muchos más serios y graves. Hubiera sido muy importante si lo hubieran hecho. Hubieran sentado un precedente y una cierta jurisprudencia para cuando llegue el momento de juzgar a otros que también han utilizado los dineros y el poder del Estado –publicidad oficial, facilitar compra de medios a amigos y testaferros, patrocinar programas y periodistas– para contar con el apoyo necesario para ser “reelegidos” y continuar en el poder.

Hubiera sido un buen comienzo para comenzar a desenmascarar esa intolerancia de Estado, no tan impactante como su manifestación sangrienta de estas horas, pero igual en su esencia y propósitos y a la larga, como se dijo, mucho más efectiva.

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