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Irán: matar al general

La decisión de liquidar al general Qasem Soleimani la madrugada del 3 de enero de 2020 por Donald Trump es un movimiento de ajedrez en el tablero geopolítico regional.

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David Hernández

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El posterior derribo involuntario del Boeing ucraniano donde perecieron 176 personas por las defensas antiaéreas iraníes agrega más combustible al conflicto.

Un veterano de los servicios especiales, el titular del Departamento de Estado, Mike Pompeo, exdirector de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), pudo haber dado argumentos válidos al presidente Trump para eliminar al jefe de la inteligencia iraní, quien comandaba la tropa élite de la teocracia persa, la fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, los temibles pazdarán.

La decisión, comparada por los demócratas estadounidenses a lanzar un cartucho de dinamita en un polvorín, era desde hace años prioridad para la CIA y el Pentágono: eliminar al objetivo "Soleimani". Era alguien muchísimo más peligroso para los intereses de Estados Unidos (EUA) que lo que fueran Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda, y Abu Bakr al-Baghdadi, líder del Estado Islámico, juntos. Este general maestro de espías era el número dos del régimen teheraní, después del Líder Supremo de la República Islámica de Irán, el Ayatollah Ali Jameini, y disponía de todos los recursos financieros, de logística y de formación de cuadros político-militares tanto del Estado de Irán y de aliados como Siria, así como de retaguardias estratégicas proiraníes en Irak y Líbano, para desarrollar su guerra desestabilizadora contra EUA. En la guerra de Siria, fue uno de los actores claves para apoyar al régimen de Bashar al Assad y evitar su caída, pero sus tentáculos se extendían a Yemen, Cachemira, Indonesia, Afganistán, Filipinas, Europa. Incluso llegaban hasta Venezuela, México y Argentina, donde Irán apostó por una cooperación para enriquecimiento de uranio, vital para la construcción de la bomba atómica, durante las presidencias de Néstor y Cristina Kirchner.

Odiado por EUA y sus aliados occidentales, en Irán, la comunidad chiita y el movimiento antiimperialista mundial, Soleimani es una leyenda identitaria de la lucha antinorteamericana que recuerda los postulados de la Tricontinental de La Habana, cuando el Che Guevara en la década de los sesenta del siglo pasado lanzó la consigna de crear uno, dos, tres, más Viet-Nams.

Israel y Arabia Saudita apoyan la liquidación de Soleimani, pues son los países a los que apuntan los misiles persas "Hoveize", capaces de acertar objetivos en tierra hasta a 1,350 kilómetros de distancia.

La crisis abierta ha elevado precios del crudo y podría bloquear el suministro de petróleo a China si Irán bloquea el estrecho de Ormuz, donde pasa un 25 % de la producción petrolera mundial. A EUA le beneficia este conflicto por ser el primer productor planetario de petróleo.

Ni a Irán ni a EUA conviene en estos momentos iniciar una guerra, acaso por ello el contraataque iraní se ha limitado a daños materiales, quitando hierro a una escalada del conflicto.

A las puertas de una reelección presidencial y en medio de un proceso de impeachment en su contra, el asesinato de Soleimani busca aglutinar tras la figura del presidente Trump la opinión pública estadounidense que tradicionalmente lo hace en casos de guerra.

Una jugada maestra de oportunismo coyuntural, desvío de la atención pública y liquidación selectiva de un enemigo.

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