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Isabel eterna

“La muerte, Federico, es el único debut para que el que ninguna actriz está realmente preparada”.
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Esta redonda frase me la dijo Isabel Dada a fines de los noventa, cuando de la mano creativa de mi amiga Elizabeth Trabanino empezamos a producir “En voz alta”, un espacio de entrevistas culturales que todas las semanas se transmitía en Radio Clásica.

Isabel era entonces no solo una figura icónica del teatro y el cine salvadoreños, sino una de las grandes leyendas vivientes del arte nacional, al punto que en dos ocasiones excepcionales, entre 2004 y 2008, quien estas líneas escribe tendría el inmerecido privilegio de homenajear su brillante trayectoria, primero desde la Asamblea Legislativa y luego desde el Gobierno de la República.

En efecto, durante mi corto periodo como diputado promoví que Isabel Dada recibiera el título honorífico de “Actriz Meritísima de El Salvador”, con el concurso unánime de todas las fracciones parlamentarias. Y cuatro años más tarde, desde la presidencia del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, tuve la honra de entregarle el máximo galardón de la institucionalidad cultural del país, el Premio Nacional de Cultura, que en su edición de 2008 fue otorgado en la rama de artes escénicas.

Apasionada como era, Isabel acudió a ambos homenajes con los ojos brillosos y las manos temblorosas. No le cabían las palpitaciones en el pecho. Afirmó que sus logros estaban lejos de ser razones suficientes para motivar nuestra rendida admiración, pero ninguno de los presentes en sendos actos le creímos. Todos sabíamos –como sabemos hoy– que la suya era una carrera fecunda e incomparable, extraordinaria e imprescindible.

Y es que hablar de Isabel Dada fue siempre hablar de arte. Su nombre está ligado a la dura historia del teatro y el cine centroamericanos, de tal forma que es imposible hacer recuento de los más importantes hitos de la escena nacional y regional sin referirnos a ella como actriz, productora, gestora, empresaria y pedagoga. De hecho, el mismo año en que Isabelita recibió el Premio Nacional de Cultura, el Teatro Nacional de San Salvador fue reabierto al público después de permanecer cerrado desde los terremotos de 2001, y se ejecutaron inversiones históricas en los grandes escenarios de Santa Ana y San Miguel, todo lo cual constituyó una feliz coincidencia para Isabel.

“El arte no es algo que se pueda tomar y dejar. Es necesario para vivir”. Esto, que decía Óscar Wilde en la Inglaterra victoriana, lo encarnó como nadie, en El Salvador de nuestro tiempo, Isabel Dada Rinker, quien siendo una niña incursionó en ese mágico mundo para no abandonarlo jamás. Esa fue su trinchera, su refugio, su vocación y su elemento vital, fuente de la multifacética capacidad expresiva que ella supo canalizar también en el cinematógrafo, la locución, la declamación, el montaje televisivo y la lectura dramática.

Desde la antigüedad, el teatro ha sido el espejo de las pasiones, de los ideales que se encuentran en el alma humana, y por eso nos lleva de la risa más hilarante hasta las lágrimas más amargas: dos facetas extremas de la vida misma. Isabel Dada tenía lo que se necesitaba para descollar en ese arte complejo. Su talento inigualable la condujo, en 1995, a producir e interpretar, ni más ni menos que en Washington, D. C., “Doña Rosita la soltera” de Federico García Lorca, obra que mantuvo en cartelera durante varios meses y por la que fue nominada al prestigioso premio “Helen Hayes”.

Hoy se dice que Isabel Dada ha muerto. Y muchos creerán que es así: que nuestra Primera Actriz, que esa Gran Dama del Teatro, que la inolvidable “Elizabeth Taylor de El Salvador”, se nos ha ido para siempre. Pero no. Porque como me dijo Isabelita aquella tarde en Radio Clásica, “la única muerte verdadera es el olvido”.
 

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