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Jesucristo: el crucificado

Jesucristo es un nombre compuesto de Jesús, salvador, y Cristo, ungido. Su patria fue Palestina, que en el período entre su nacimiento y su muerte sufrió cambios notables en su extensión y forma de gobierno.
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Jesucristo predicaba con sentencias y palabras sencillas, daba vida y fervor a sus enseñanzas con parábolas llenas de sentido. El sermón de la montaña contiene la médula de sus enseñanzas: mansedumbre, paz, misericordia, consuelo, limpieza de corazón, hambre y sed de justicia, sinceridad, confianza en Dios, valentía al defender principios y fuerza al criticar a los corruptos.

Sus parábolas son bellísimas, están llenas de sentido y calor humano, claras como el agua a los principios de su predicación, que se van haciendo cada vez más frecuentes y profundos a medida que crecía la malevolencia del frente de sacerdotes y sus aliados, los escribas y fariseos que se mezclan con la chusma para criticarlo, combatirlo y sorprenderlo en alguna falsedad para juzgarlo.

Jesucristo confirmaba la verdad de sus enseñanzas y autoridad divina de su misión con innumerables milagros, pero el mayor de ellos que hizo para reafirmar su divinidad y misión de mesías fue su resurrección.

En el Getsemaní, se entregó a sus enemigos, el frente de sacerdotes y sus aliados escribas y fariseos, con quienes se había enemistado por decir la verdad y descubrir sus mentiras y falsedades.

En su dolorosa pasión, sufrió con entereza toda clase de oprobios e injurias; fue azotado, coronado con espinas, mofado como rey de burlas por los soldados romanos, condenado injustamente por el tribunal religioso de los judíos y por el civil del procurador romano –Poncio Pilato– y, finalmente, crucificado entre ladrones en El Calvario.

Muere después de tres horas de terrible agonía, sepultado por Nicodemus y José de Arimatea.

Al tercer día resucitó triunfante, por su propio poder, como lo había prometido.

En la narración evangélica de su vida se descubre en Jesucristo una inteligencia clara, profunda, segura; su voluntad extraordinariamente recta, firme, tenaz, pero también misericordiosa; su emotividad es de intensa ternura, amor, nobleza, llora ante la tumba de Lázaro y frente a Jerusalén; su sentido es romántico, poético y profundamente humano, se palpa en sus parábolas, como la del hijo pródigo.

Su don de gente es extraordinario, con igual facilidad dialoga con Zaqueo, el publicano; con Nicodemus, el docto; con el centurión romano; con la mujer adúltera.

La influencia de su persona y sus enseñanzas han transformado el mundo. Su espíritu anima básicamente hasta las leyes de países que han apostatado de su seguimiento. Su influjo es irresistible, ha producido en la vida innumerables titanes: los santos.

Su doctrina es practicable por todos los pueblos, razas y condiciones de vida; al mismo tiempo se eleva sobre toda inteligencia y comprensión humana.

Al recordar este día viernes la pasión de Jesucristo, nos conmueve porque nuestra mente no concibe que un hombre entregue su vida por los demás, a lo que estamos acostumbrados es que unos le quiten la vida a otros.

Jesucristo en la cruz entrega su vida por la humanidad, pero esa cruz no la debemos ver como símbolo de muerte, sino de poder, porque en ella vence a todas las fuerzas que hay en el mundo, incluyendo a la misma muerte.

Invoquemos a Jesucristo para poder resucitar a El Salvador en una nueva sociedad, donde todos tengamos resueltas nuestras necesidades básicas, sintiéndonos seguros, sin delincuencia, corrupción, despilfarros, con funcionarios capaces, honestos, que respeten los fondos del pueblo y sin la sombra del comunismo, viviendo una cultura de responsabilidad, solidaridad, humanismo y respeto.

Hoy, Jesús ante tu cruz, como tu hijo pródigo te pido perdón.

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