Jesucristo es la misericordia

El 8 de diciembre hemos empezado el Jubileo de la Misericordia, decretado por el papa Francisco e inaugurado por él con la apertura de la Puerta Santa del Vaticano.
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Al día siguiente decía el papa: “Ayer abrí aquí, en la Basílica de San Pedro, la Puerta Santa del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. ¿Qué significa este Año Santo? Celebrar un Jubileo de la Misericordia significa poner en el centro de nuestra vida personal y de nuestras comunidades el contenido esencial del Evangelio: Jesucristo”.

Él es la Misericordia hecha carne, que hace visible para nosotros el gran Amor de Dios. Se trata pues de una ocasión única para experimentar en nuestra vida el perdón de Dios, su presencia y su cercanía, especialmente en los momentos de mayor necesidad.

Además, significa aprender que el perdón y la misericordia es lo que más desea Dios, y lo que más necesita el mundo, sobre todo en un momento como el actual en el que se perdona tan poco, en la sociedad, en las instituciones, en el trabajo y también en la familia.

Necesitamos reconocer que somos pecadores, para que se fortalezca en nosotros la certeza de la misericordia de Dios.

Pero, frente a tantas necesidades en el mundo, ¿es suficiente con contemplar la misericordia de Dios? Ciertamente, hay mucho que hacer. Pero, hay que tener en cuenta que la raíz de la falta de misericordia está en el amor propio, que se reviste bajo el manto de la búsqueda del propio interés, de los placeres, los honores y las riquezas.

También en la vida de los cristianos está presente bajo el aspecto de la hipocresía y de la mundanidad. Por eso, todos, necesitamos reconocer que somos pecadores, para que se fortalezca en nosotros la certeza de la misericordia de Dios.

Solo se comprende la misericordia de Dios cuando ha sido derramada sobre nosotros, sobre nuestros pecados, sobre nuestras miserias personales.

Estas consideraciones del papa nos han de mover a renovar nuestra vida, acudiendo con frecuencia –sobre todo en este año y siempre– al Sacramento de la Misericordia de Dios, que es el Sacramento de la Penitencia o Confesión.

Acudir al confesor bien preparados con un examen de conciencia bien hecho –tocando fondo–, con profundidad y valentía y con verdadero dolor de nuestros pecados y con sincero propósito de enmendarnos, es lo que el Señor espera en este Jubileo de la Misericordia.

En una de sus homilías anteriores al inicio del Jubileo de la Misericordia, el papa exhortaba a no resistirse a la misericordia del Señor, creyendo más importantes los propios pensamientos o una lista de mandamientos que hay que observar.

El profeta Jonás se resiste a la voluntad de Dios, pero al final aprende que debe obedecer al Señor. Francisco desarrolló su homilía partiendo de la Primera Lectura, tomada del Libro de Jonás, y observó que la gran ciudad de Nínive se convierte, precisamente, gracias a su predicación.

“Verdaderamente hace el milagro, porque en este caso él ha dejado de lado su terquedad, ha obedecido a la voluntad de Dios y ha hecho lo que el Señor le había mandado”.

Nínive, por lo tanto, se convierte y ante esta conversión, Jonás, que es un hombre “no dócil al Espíritu de Dios, se enoja”: “Jonás –dijo el papa– experimentó gran dolor y fue desdeñado”. E, incluso, “reprocha al Señor”.

Vamos a hacer el propósito de recomenzar a vivir nuestra vida cristiana más cerca de Él –acudiendo al Sacramento de la Confesión– y de nuestros hermanos, necesitados de nuestra ayuda espiritual y material y Dios nos pagará con el Cielo.

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