Jesús trabajador

El primero de mayo celebraremos la fiesta de San José Obrero y el Día Internacional del Trabajo. El hombre fue creado por Dios para que trabajara, nos dice el Génesis. El trabajo no es un castigo por la desobediencia de nuestros primeros padres Adán y Eva. En el Paraíso Terrenal, ellos tenían que trabajar para cultivarlo. Con el trabajo, con su inteligencia y sus capacidades, la persona colabora con Dios en su obra creadora.
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“Quien trabaja es digno, tiene una dignidad especial, una dignidad de persona”, dijo el papa.

En el día en que la Iglesia celebra a San José Obrero, es bueno precisar que el recuerdo de esta dimensión del padre adoptivo de Cristo nos remite a “Dios trabajador” y a “Jesús trabajador”, junto con San José.

Hoy, hay personas que no “tienen la posibilidad de trabajar, de estar unidos por la dignidad del trabajo”. Por tanto, no se puede definir “justa” una sociedad en la que tantos no logran encontrar una ocupación y tantos están obligados a trabajar como esclavos. Algunas veces las personas son menos importantes que las cosas que producen ganancia a los que tienen el poder político, social, económico. Hemos llegado al punto de que no somos conscientes de esta dignidad de la persona; esta dignidad del trabajo.

Pero hoy la figura de San José, de Jesús, de Dios que trabajan –es este nuestro modelo– nos enseñan el camino para ir hacia la dignidad. El día en que se celebra la memoria de San José Obrero y la fiesta de los trabajadores, que muchas veces la sociedad no es justa si no ofrece a todos un trabajo o explota a los trabajadores.

El papa recordó que en la liturgia del día el Evangelio se refiere a Jesús como al “hijo del carpintero”. José era un trabajador y Jesús aprendió a trabajar con él. De hecho, en la primera lectura se lee que Dios trabaja para crear el mundo, y este “ícono de Dios trabajador”, nos dice que el trabajo es algo más que ganarse el pan:

¡El trabajo nos da la dignidad! Quien trabaja es digno, tiene una dignidad especial, una dignidad de persona: el hombre y la mujer que trabajan son dignos. En cambio, los que no trabajan no tienen esta dignidad. Pero tantos son aquellos que quieren trabajar y no pueden. Esto es un peso para nuestra conciencia, porque cuando la sociedad está organizada de tal modo, que no todos tienen la posibilidad de trabajar, de estar unidos por la dignidad del trabajo, esa sociedad no va bien: ¡no es justa! Va contra el mismo Dios, que ha querido que nuestra dignidad comience desde aquí.

La dignidad no nos la da el poder, el dinero, la cultura. ¡La dignidad nos la da el trabajo! Y un trabajo digno, porque hoy tantos sistemas sociales, políticos y económicos han hecho una elección que significa explotar a la persona:

No pagar lo justo, no dar trabajo, porque solo se ven los balances, los balances de la empresa; solo se ve cuánto provecho puedo sacar. ¡Esto va contra Dios! ¡Y esto se llama ‘trabajo de esclavo!’ Y hoy en el mundo está esta esclavitud que se hace con lo más bello que Dios ha dado al hombre: la capacidad de crear, de trabajar, de hacer su propia dignidad. Cuántos hermanos y hermanas en el mundo están en esta situación por culpa de actitudes económicas, sociales, políticas, etcétera.

Pero hemos de santificar el trabajo, santificarnos con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo, haciéndolo con perfección, ofreciéndolo a Dios por ellos.

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